¿Cuántas veces murió Fernando?

Ani y yo nos encontrábamos en el pasillo del departamento, mirando la habitación en la cual dormía Natalia. Cómo podría llegar a verse la habitación desde un pasillo, siendo que la puerta está más adelante, sólo lo explica que se trataba de un sueño.

Foto: Arthur Tress

Nos sentíamos asustados pues en esa habitación yacía, en una cama matrimonial, mi tío Fernando. Estaba muerto. La cabecera de la cama daba sobre la izquierda. Frente a la misma, perpendicularmente la cama en que dormía Natalia, como cruzando la anterior pero más alejada permitiendo el paso entre ambas, la primera matrimonial, la otra individual. Más adelante y al centro la puerta ventana que da al balcón mostrando la mañana, clara.

Me acerco con el miedo que produce la muerte aun cuando el muerto sea un ser querido. Veo el rostro de Fernando. Estaba tranquilo, tapado hasta el pecho por frazadas y sábanas bien dispuestas, su cabeza hacia un costado, sus ojos cerrados, barba de uno o dos días.

Nuestra preocupación era sacar a Natalia de esa habitación sin que se enterase que dormía al lado de un muerto, angustiándonos que se despertara.

Mis sueños siempre terminan cuando no sé de qué manera logro preguntarme o razonar o recordar que Fernando ya había muerto en 1975. No conoció a mi hija ni la casa donde vivo.

Mi querido tío Fernando era un trabajador orgulloso, peronista a carta cabal, convencido de su doctrina. De fuerte carácter, divertido; se lo distinguía en todas partes por su risa resonante y su pipa. Casi la antítesis de mi padre lo que explica que no se aguantaran. Vivía en su pequeño departamento de la calle Potosí con su esposa (hermana de mamá) y su madre, Adela Barco, sin hijos por lo cual adoptó, trató, a sus sobrinos como tales.

Se tomó su tiempo con los sobrinos y nos enseñó a jugar al póker, a las damas, al ajedrez; nos llevaba al cine a ver las películas de cowboy cada tarde de domingo, según la plata que tuviera y se encontrase con trabajo o desocupado. Por supuesto, siempre jugábamos sentados a la mesa del comedor.

Al llegar la noche de cada domingo, a las nueve, acomodaba el sillón frente al televisor, apagaba la luz del salón comedor y nos disponía para ver a Tato Bores, exigiendo silencio y riendo estentóreamente cada ocurrencia.

Adela Barco, su madre, ya nos había dado todas las cosas ricas que sabía hacer: buñuelos, tortas fritas y otras parecidas que como eran más chicas de tamaño les decía mentiritas. Mi tía Enriqueta el café con leche, el budín de nuez y las masitas azucaras que sabía hacer, por enseñanza de Adela, llamadas rosquitas españolas. ¡Cuánto placer!

Pero Adela, Mamadela, tenía también un carácter fuerte. Tanto como su apellido se atrevió a cruzar el Atlántico con su hombre o sin él, no recuerdo lo haya contado, desde España a las Américas y pasó a Chile, como actriz, junto a su madre llevando consigo a su único hijo, Fernando. También navegó el Pacífico desde Chile hasta Perú y cruzó otra vez la cordillera cuando el hijo quiso refrendar su nacionalidad argentina y se vino para hacer el servicio militar.

Adela, valenciana de nacimiento, madrileña por adopción, entendía al amor como pasión y esa pasión era Fernando aceptando entonces la tremenda pobreza de los años treinta, durmiendo en el tranvía de terminal a terminal, orgullosamente. Escudriñaba con atención el piso de las veredas por si encontraba una moneda y alegrándose si aparecía (en esos años de miseria en Buenos Aires fue muy común encontrar dinero en las calles generalmente cerca de los buzones del correo que eran vandalizados, y de los sobres de las cartas esparcidos algún billete brotaba).

Claro que el carácter de Adela no era el mejor que alguien podría esperar . Recuerdo que ninguno se llevaba bien del todo con ella (debo decir que tuve la inmensa suerte de ser su excepción), infundía respeto y pocos aguantaban su mirada firme, su espíritu peraltado.

También se peleaban mucho, Adela y Fernando. En el año que enfermó, finalmente falleció Mamadela, el hijo contrajo una rara enfermedad de tipo cancerígena que también lo llevó a la tumba nueve meses después en 1975.

Fue aquél año en que murió por primera vez, ciertamente, Fernando. Lo lloré como una verdadera injusticia, tan luego en ese momento en que había vuelto a ver a Perón en el gobierno, cuando podía vivir su matrimonio plenamente.

Creí que ya no iba a llorar a mi querido tío después de 1975. Pues no, en 1996 se murió Tato Bores y otra vez el sabor de las mentiritas, del budín de nuez, las rosquitas españolas, los juegos de ajedrez, damas y póker, las nueve de la noche a oscuras en el comedor del departamento de la calle Potosí frente al televisor. Mañana era lunes, los juegos se habían terminado.

Borges se cansó de manifestar su temor ante la inmortalidad, en cambio yo -que claramente nunca seré él - la compraría. No obstante, a esta altura de la vida creo recién entenderlo. Cómo sería la cosa sin los naipes, las rosquitas, las películas, es decir, los juegos.

Ahora este raro sueño, de nuevo, otra vez. Natalia es grande y tampoco juega conmigo. Aunque ella sigue jugando.

Ernesto Cháneton
15 de agosto de 2020


Sobre el autor
Nacíó el 21 de mayo de 1950 en Buenos Aires, Argentina. Abogado recibido en 1978. Hasta 1994 se desempeñó como abogado del Correo Argentino, ingresando como asesor, luego en el año 1997, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en la materia de contratos administrativos y obra pública. Continuó con dicho asesoramiento desde 2000 y hasta 2004 en la Procuración General de la Ciudad de Buenos Aires. A partir de 2008 practica exclusivamente la abogacía de manera particular.

Siempre fue lector, amante de la música y escribió desde su adolescencia sin publicar. Recientemente, ingresó al Taller Literario del poeta Carlos Penelas a quien debo agradecerle paciencia, conocimiento y enseñanza. Y su notable amabilidad.