Baile

Compartimos un relato de Julio M. Scarinci, alumno del Taller Literario de Carlos Penelas en nuestra Biblioteca.



Sube el telón al mismo tiempo que comienza la música.

Siete compases. Los voy contando. Mi cuerpo inmóvil aguarda.

La posición ayuda a que pueda mirar a los espectadores, pero no los veo. Ellos sí.

Siete. Escucho la música y comienzo a moverme. Cierro los ojos. Me contraigo. La música me alcanza y acaricia mi piel, la esquivo, pero sigue sin tocarme, se adelanta, espera. Ya no resisto, me dejo alcanzar y… se produce el encuentro. Dibujo con mis movimientos y pinto con el color de mi piel. Me quedo inmóvil. La música hace que mi cuerpo se mueva. Me hamaco. Se clava en mí y recorre mis venas. Me sacudo, extiendo los brazos hacia adelante; ahora envuelve mi torso desnudo y me acuna. La dejo. Siento su abandono y la persigo. Se detiene dos silencios y se deja alcanzar. Nos abrazamos, giramos, nos separamos, extiendo los brazos en un salto, tenso mis músculos y corremos. Nos encontramos. Calla.. La quietud recorre todo mi ser, la música me vuelve a rodear y se desliza por mi espalda, acaricia mi nuca, inclino la cabeza. Me vuelve a dejar. Desde lejos mide mi actitud; me enlaza el cuello. Le ofrezco mis manos y mis brazos. Se mece en ellos. Me contraigo, me acompaña, se retuerce, la acompaño y… despego. Sostiene con suavidad mi salto y me lanza, recibe mi cuerpo, me lleva, corremos juntos y nos elevamos. Descendemos, descendemos, nos detenemos.

Silencio. Uno, dos, tres.

Soy huracán, brisa, mar, estatua, granito.

La gente me mira. No veo. Un cerrado aplauso premia mi entrega.

Cae el telón. No veo. Una nube me va envolviendo y la paz me invade.

Camino lentamente hacia mi camarín temblando con placer por la felicidad que encontré en el escenario. Me siento frente al espejo. Con una toalla seco mi rostro y corre por mi mente todo lo vivido. Cierro los ojos y descanso. Cuando los abro me doy cuenta que ha pasado el tiempo. No sé cuanto, pero estoy solo. Abro la ducha y siento el agua que recorre mi cuello, mi espalda y lentamente va deslizándose por todo mi cuerpo envolviéndome sensualmente como las caricias de cien manos. Escucho el golpeteo de las gotas sobre el metal de la canilla como una sinfonía que me invita al último baile. Termino. Me visto, apago la luz y camino hacia la salida pasando por el escenario. Me detengo, la sala está vacía. Sólo una luz testigo permite adivinar entre las sombras, los palcos, las butacas y los ornamentos, cuando desde uno de los palcos, me atraen unos ojos que brillan en la oscuridad. Un suspiro atraviesa mi pecho, y presiento quién es la que noche a noche asiste a mi espectáculo como si aguardara agazapada un momento especial para encontrarnos.

Me acerco y le digo:

– Veo un hilo de vida en el mar del bosque.

– Al fin lo encontraste, pero lo sepultaste apresuradamente antes que el escorpión lo incorpore a su izquierda.

– El sol estalla y me cachetea con dulzura. Quiero compartirlo con el niño que con su llanto asoma del hueco de un caracol gris, mientras una bota rompe una hoja en las nubes.

– Es fraude.

– ¿O es delirio? ¿No ves el camino que entra a la roca que humea sangre?

– Es fraude.

– Humea vida. Explota la roca y aparece un obispo comiendo el ojo de un pescado.

– Es fraude, porque tus manos tocaron cuando ya las dejó el tacto.

– Todo parece tan absurdo como una píldora violeta, pero con el delirio absurdo de éste fraude, podríamos encender un fósforo bajo el agua.

– Es fraude. Podrías si bajaras sin prontuario, sin abuelos, como piel de frío, de risa, de hippie. Esa imagen rueda hasta la vereda, quiere gritar pero se ahoga en un pozo de risa.

– Intentemos salir del pozo mordiendo las paredes, que vas a encontrar tres pares, tres vidas, tres mundos, un espejo. Un camino.

– Encontrás poco, hay mil pares, mil vidas, mil mundos, mil espejos y un coraje.

– La noche corcovea y parece darte la espalda. Abrirse es el camino. Encima de la roca hay una pecera con una sonrisa adentro. Hagamos explotar la roca sin derramar la sonrisa.

– Fraude.

– Lady Godiva cabalga la sorpresa. Todos los intentos tratan de alcanzar el canto universal. Quizá se encuentre en cada uno y para cada uno sea diferente. Pero no discutamos más, hace varias noches que te veía en la oscuridad y siempre desaparecías, el fraude resultastes vos.

– Quise dejar que terminaras tu última función, eres mi mejor cliente. Hoy, te vienes conmigo.

Julio M. Scarinci