El tango de la Guardia Vieja

de Arturo Pérez-Reverte
(Alfaguara, Buenos Aires, 2012, 504 páginas)


Esta formidable novela lleva las características del género a su máxima expresión, a lo que Mario Baquero Goyanes definió como “novela novelada” (por ejemplo, las obras de Alejandro Dumas).

Pérez-Reverte intercala los tres encuentros de los protagonistas, Max Costa y Mercedes Inzunza Torrens (Mecha), en una especie de puzzle. Él es un porteño embaucador que recurre a toda clase de tretas - especialmente a cortejar a mujeres mayores y acaudaladas para robarles-, y ella es una aristocrática española casada con un célebre compositor, Armando de Troeye. El primer encuentro ocurre en un trasatlántico que se dirige a Buenos Aires en 1929, donde Max trabaja como bailarín para atender en el salón a las damas sin pareja, y allí conoce a Mecha. Después, mantienen su vínculo en la metrópolis, más precisamente en la Boca y en Barracas, concurriendo a boliches de mala categoría. La calidad literaria del autor se potencia describiendo esos bailes casi acrobáticos, y evoca la destreza que desplegó en El maestro de esgrima (1988) al referir duelos con floretes y espadas. Otro episodio sucede en Niza, en 1937, donde Max es partícipe de un peligroso caso de espionaje. Y el último, en 1966, transcurre en Sorrento, cuando él ya tiene sesenta y cuatro años y ella, sesenta y uno. Curiosamente, el hijo de ésta se halla disputando un match de ajedrez nada menos que con el campeón del mundo. Vuelve a aparecer el juego ciencia, que tan importante papel desempeñó en La tabla de Flandes (1990).

Con talento narrativo se entrecruzan esas historias de constantes flash-backs cargados de suspenso, en una estructura cinematográfica que abunda en sorpresas. A veces ocurren situaciones similares en distintas épocas y esa posible confusión acentúa la faz enigmática de la historia: “Todo esto suena a déjà vu. ¿No te parece?...A cosa repetida.”

Son cegadoras las imágenes que emplea el narrador para exponer las relaciones sexuales de Max y Mecha: “Y en cada ocasión se miraban muy de cerca con ojos desafiantes o asombrados, incrédulos ante el placer feroz que los ataba, recobrando el aliento a la manera de luchadores en una pausa del combate...” Es meticuloso y detallista para reflejar la atmósfera de entonces en Buenos Aires, Niza y Sorrento. Al final del libro agradece el asesoramiento que recibió de especialistas en la historia del tango, del ajedrez y de las citadas ciudades. También aclara que lo empezó a escribir en enero de 1990 y lo terminó en junio de 2012.

Más allá de la riqueza expresiva de El tango de la Guarda Vieja, hay que reconocer que Pérez-Reverte tuvo en mente las futuras ventas; por ello la trama cuenta con aventuras, recreaciones de época y una fuerte aireación romántica.

La escritura resplandece en los tramos que destaca la hermosura de Mecha: “Entonces Max se volvió a mirar otra vez a la mujer desnuda, el bellísimo cuerpo dormido boca abajo entre las sábanas revueltas, y supo que aquella luz azulada y gris, sucia de lluvia otoñal, era presagio de que pronto la perdería para siempre.” Además, describe con garra las vestimentas de los personajes, sobre todo la de Mecha y la de Armando, que representan el refinamiento de la clase distinguida y adinerada. Por ello, alude a muchas de sus prendas y objetos directamente con su marca (Patek Philippe, Clicquot, Chanel, Tailleur Maggy Rouff.), exponiendo así la fascinación que siente el matrimonio por el consumismo, la frivolidad y la sofisticación, atributos de ese edén “de gente bien” que tanto anhela Max.

Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española y ha sido traducido a cuarenta y un idiomas. Es justo que haya alcanzado estos logros quien escribió una novela admirable como El tango de la Guardia Vieja.

Germán Cáceres