Los once

de Pierre Michon
(Anagrama, Barcelona, 2010, 144 páginas)

Pierre Michon (Cards, Francia, 1945) es uno de los escritores más prestigiosos de su país y por Los Once ha merecido el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa.

Ante todo el libro cautiva por su prosa sinuosa, barroca, de períodos largos, trabajada a la manera de un laberinto de arabescos. Además, utiliza un vasto vocabulario y menciona a artistas, escritores de distintas épocas y también a dioses de la mitología grecorromana.

Un narrador explica la génesis del cuadro Los Once (que cambia levemente en cuanto el observador modifica su punto de vista), del pintor François-Élie Corentin, expuesto en el Louvre y citado por el historiador Jules Michelet. Esa tela retrata a los miembros del Comité de Salvación Pública (Billaud, Carnot, Prieur –oficial-, Prieur –abogado-, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just y Saint-André), que condenaron a la guillotina a numerosas personas durante el llamado Reinado del Terror (31.5.1793-27.7.1794) de la Revolución Francesa. El nombrado artista plástico es un personaje muy singular y llega a comentar: “Ésos no están haciendo nada: están trabajando”.

Pero resulta que la obra no se encuentra en ninguna sala del famoso museo. Asimismo es imposible rastrear en un tratado de pintura a Corentin, y Michelet, en esas doce páginas de su Historia de la Revolución Francesa, no habla de Los Once, sino de una tela de Géricault que le sirvió de base para imaginar, a su vez, otro cuadro, pues –según el narrador- “ todas las cosas reales existen varias veces, tantas veces quizá como individuos hay en este mundo”.

Bajo esta superchería literaria Michon construye una serie de juegos de espejos que en cierto grado lo acercan a lo mejor de Alain Robbe-Grillet y le permiten reflexionar con sutileza sobre la huidiza condición humana. Por ejemplo, se sugiere que esos políticos ambicionaban ser escritores porque consideraban a las Letras como la actividad más excelsa para conquistar la fama y la posteridad, y se insinúa, asimismo, que el hombre no protagoniza su propia vida -la que responde a sus sentimientos más íntimos-, sino otra distinta de la que reniega aunque con ella haya logrado la gloria. Y refiere el horror de ese período, que no deja de ser una visión pesimista de la Historia, como si ésta pudiera considerarse una sucesión de masacres. Y el narrador afirma que varios integrantes de ese Comité –sobre todo Collot- eran individuos desmesurados que parecían extraídos del Macbeth de Shakespeare.

Se está ante una gran novela que, no obstante su brevedad, es de difícil lectura por su tensa escritura y su personal puntuación. Excelente el trabajo de la traductora María Teresa Gallego Urrutia, que debió encarar una tarea sumamente ardua.

Germán Cáceres

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