Nocturnos

de Kazuo Ishiguro
(Anagrama, Barcelona, 2010, 256 páginas)

Esta suerte de concierto compuesto por cuentos –los primeros que escribe Kazuo Ishiguro- lleva como subtítulo “Cinco historias de música y crepúsculo”. Y de ello se trata: los relatos están unidos por el amor a la música y el declive de estos ejecutantes y compositores que llegan comprender que nunca podrán estar entre los grandes, como soñaron cuando eran jóvenes. Tendrán que conformarse con el papel secundario que tienen asignado y eso les resulta insoportable.

El autor fue músico y demuestra con sus sólidos comentarios y el vocabulario empleado que conoce el oficio, pero, por suerte, comprendió a temprana edad que estaba destinado a expresarse a través de la literatura.

Las frases de “El cantante melódico” poseen una musicalidad fascinante. Su tono es pausado, armonioso, como si la lectura estuviera acompañada por el sonido de una orquesta melódica, y esta sensación se repite en los demás cuentos. La melancolía invade esta historia de un joven guitarrista que se conecta con un maduro cantante que lucha por no caer en el ocaso. El cuento deja un sabor amargo, pues transmite la impresión de que en este mundo moderno totalmente intercomunicado sólo importan el dinero y el individualismo. Además, todo amor está destinado a perecer: es sólo un fuego artificial de corta duración.

En “Come Rain or Come Shine” la neurosis ha causado estragos en tres ex compañeros universitarios que se reencuentran por unos días (“Fue la pureza de su idealismo. Me recordó lo que todos fuimos en otro tiempo”). Los protagonistas están dominados por la insatisfacción y no saben qué hacer con sus vidas. Hay muchos diálogos cuya sólida construcción resultaría apta para una obra de teatro.

Otro guitarrista que anhela componer éxitos populares, pero que también admira a Edward Elgar y a Ralph Vaughan Williams, es el protagonista de “Malvern Hills”. El joven llega a conocer a un matrimonio de músicos que ya pasaron los cuarenta y que se ganan la vida interpretando canciones en restaurantes y confiterías. Y a pesar de que el marido no deja de proclamar la belleza de la existencia y de su profesión, la esposa se sincera: “-¿Sabe? –dijo al final-, cuando era joven no me enfadaba por nada. Pero ahora me enfado por muchas cosas. No sé por qué me he vuelto así”. Y cuanto el guitarrista le refiere sus ambiciones ella le contesta: “(…) La vida ya nos trae muchos desengaños por sí sola. Si encima tiene esos sueños…”

“Nocturno” trata de un saxofonista que teme por el futuro incierto que le aguarda a su carrera: “Así que también Bradley se puso a decirme que debía aprovechar la ocasión, porque si no lo hacía sería un perdedor toda la vida”. Y revela cómo en las sociedades contemporáneas impera la filosofía del exitismo y prevalecen la imagen glamorosa, los contactos, la promoción y la publicidad sobre el auténtico talento.

“Violonchelistas” es un cuento patético y está protagonizado por dos ejecutantes: Tibor, un joven húngaro que en sólo siete años parece haberse convertido en un resentido que desarrolla un oscuro trabajo administrativo, mientras que Eloise, una cincuentona norteamericana, rechazó la enseñanza de sucesivos profesores como prevención de que arruinaran su potencial virtuosismo: finalmente nunca llegó a tocar el violonchelo (“para que cuando llegaran las decepciones, no les costase tanto encajarlas”).

Kazuo Ishiguro nació en 1954 en Nagasaki, Japón, y cuando tenía cinco años su familia se trasladó a Inglaterra, donde estudió. Es autor de las siguientes novelas: Pálida luz en las colinas (Premio Winifred Holtby), Un artista del mundo flotante (Premio Whitbread), Los restos del día (Premio Broker, que con el título de Lo que queda del día, 1993, fue llevada al cine por James Ivory), Los inconsolables (Premio Cheltenham), Cuando fuimos huérfanos y Nunca me abandones (Premio Novela Europea Casino de Santiago; su versión cinematográfica la realizó Mark Romanek en 2010).

Formidable la traducción de Antonio-Prometeo Moya.

Germán Cáceres