Shutter Island

de Dennis Lehane
(Nuevo Extremo/RBA Libros, Buenos Aires, 2010, 400 páginas)

Desde el comienzo Dennis Lehane (Dorchester, Massachussets, 1966) exhibe una escritura suelta y segura, en la que, dominando la prosa a voluntad, despliega símiles bellos y creativos. La narración, además, abunda en diálogos breves y convincentes. Es el autor de Río Místico, novela llevada al cine por Clint Eastwood en 2003; también Shutter Island tuvo su versión fílmica por parte de Martin Scorsese, y se estrenó recientemente en la Argentina con el título de La isla siniestra (2010).

Una de las estrategias narrativas de Lehane es desorientar al lector en forma permanente, y hasta la página 48 no se sabe hacia dónde se orientará la historia.

En cierta forma allí comienza un típico caso del género policial, el del cuarto cerrado: una paciente peligrosa se ha escapado de un hospital psiquiátrico para presos violentos ubicado en la isla cercana a Boston cuyo nombre ha tomado por título el libro. Luego aparecen mensajes con extraños criptogramas. Todo esto hace suponer que Lehane se propuso ubicar su texto en los estrechos y superados límites de la novela enigma. Pero Shutter Island se aleja por completo de esas gastadas y envejecidas convenciones.

El agente federal Teddy Daniels (que combatió en la Segunda Guerra Mundial), arriba a la isla junto a su compañero Chuck Aule para resolver el misterio. Allí son atendidos por el director del hospital, el enigmático doctor Cawley, del que se sospecha que emplea potentes psicofármacos que drogan a sus pacientes y métodos brutales como la lobotomía. La historia se desarrolla en 1954, en plena Guerra Fría, y describe la atmósfera agobiante e insana de esa época. “¿Te has preguntado alguna vez por qué los comunistas nos odian tanto?… ¿Por qué no pueden dejarnos en paz?”, le pregunta la esposa a Teddy.

Por supuesto que el macartismo de aquellos años impregna la ideología de los personas, por eso Teddy comenta que “había un elemento subversivo muy conocido en su barrio. Le vieron en la calle, repartiendo propaganda comunista”. Un personaje afirma: “…el mundo entero se había dado cuenta de que el estilo de vida norteamericano era el único estilo posible”.

Una terrible tormenta azota la isla y le otorga a la novela un trasfondo dramático y agorero, en el cual la esquizofrenia y la paranoia dominan la situación. Y la acción toma un giro inesperado porque Teddy se ve invadido por un enfermizo proceso onírico, que le hará no sólo rememorar su pasado sino confundir la realidad con sus propias pesadillas. El relato se torna ambiguo al deslizarse la duda de si Teddy es víctima de un complot o, por el contrario, es un asesino psicótico al que el doctor Cawley intentaría curar tratando de que logre “la comprensión del propio yo”. Y la trama se torna compleja ya que Dennis Lehane compone un mundo fantasmagórico, poblado por espejismos, dobles, alucinaciones y recuerdos borrosos. (“Sin embargo, todo esto es un grand guignol, ¿no crees?”/”Me refiero a algo terrorífico, como si fuera de un cuento de hadas”, dice Chuck Aule). La isla se convierte, así, en un claustrofóbico laberinto sin salida y los personajes se pierden indefinidamente en él, como si formaran parte de un movimiento perpetuo. Y el atormentado Teddy, hacia la mitad del libro, se lamenta de “que el mundo, y todo lo que el mundo contenía, se hubiera convertido en algo tan jodido y obsceno”.
El final resulta abierto, y es el lector quien debe descifrar el rompecabezas deslumbrante que propone este audaz thriller psicológico de Dennis Lehane.

Germán Cáceres