El lapiz, Tristán y la Libertad‏

El artículo que reproducimos lo escribió el sobrino de Tristán, seudónimo de José Antonio Ginzo, uno de los grandes dibujantes argentinos, el más importante en la época del diario socialista La Vanguardia.


El salvaje asesinato ocurrido en Paris por un grupo de fanáticos a los dibujantes de una revista de humor nos hizo recordar, con las mas que obvias diferencias del caso, a otro tiempo y a otros personajes. El premiado dibujante Hermenegildo Sabat se refería anoche en un programa de TV a uno de ellos: José Antonio Ginzo. Se fue joven a estudiar a Buenos Aires. Luego se instalaría 10 años en París. Volvió escritor, historiador, artista plástico y, fundamentalmente, dibujante y caricaturista. Pronto adquirió el reconocimiento. Es que sus dibujos en la primera plana del periódico socialista La Vanguardia eran todo un discurso. Corrían los años cincuenta y el régimen autoritario que había instalado Perón en el país no daba margen para denuncias ni para caricaturas. Así fue como, después de haber dado una conferencia en La Casa del Pueblo (mas tarde incendiada junto a su famosa biblioteca)le cayo la policía de Cordinación Federal a su casa de la calle Alvarez Thomas y lo alojó en la cárcel de Villa Devoto por un buen tiempo. Allí conoció a otros presos políticos como Cipriano Reyes, Crisólogo Larralde, Américo Ghioldi y otros. Según contaban ellos la celda estaba tapada de dibujos políticos que Tristán (tal su pseudónimo de dibujante) había logrado con un lápiz que le habían prestado. En oportunidad de aquella noche en que le allanan el departamento de Buenos Aires su preocupación mayor era que no le registraran la quinta que tenía en Junin porque allí estaban sus trabajos más comprometidos. Pero no los podrían haber encontrado jamás. Ellos fueron guardados hasta que cayó el Peronismo por uno de sus más importantes dirigentes locales. Ocurre que este muy buen señor , además de ser presidente de la principal Unidad Básica de la ciudad, era cuñado y admirador de Tristán. Su casa iba a ser la última en revisar. Se llamaba Don Carlos Panizza y daba ,con su gesto, una lección sobre las prioridades humanas: primero la libertad y los afectos. Después todo lo demás.


Pasó el tiempo, y con el resultado de esfuerzos económicos de un tiempo largo quiso ir a España . En la Embajada le dijeron que su pasaporte no iba a ser visado. Sus despiadadas caricaturas de Franco no eran toleradas por ellos. Se frustraban sus sueños y cayó en cierta tristeza hasta que alguien le hizo ver que aquella actitud era su mayor triunfo. Su lápiz había trascendido el océano. Y Tonin sonrió, con sus ojos ya cansados…y la Libertad también.

Julio Ginzo