La última noche en Twisted River

de John Irving
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2010, 684 páginas)

El norteamericano John Irving (Exeter, New Hampshire, 1942) cuenta con numerosos seguidores incondicionales porque posee el don de los grandes novelistas del siglo XIX: narrar una historia apasionante que encandile y haga de la lectura un acontecimiento placentero. Por tal motivo sabe crear situaciones que conducen a actos y desenlaces impensables. Aquí demuestra sumo oficio para trasladarse con naturalidad —y a través de inteligentes elipsis— desde el presente al pasado para luego saltar al futuro. Además, su prosa fluida exhibe ritmo y precisión en las descripciones de objetos y paisajes.

El libro gira en torno al escritor Danny Baciagalupo, a su padre Dominic y al entrañable amigo Ketchum, un maderero tosco y violento que le sirve a Irving para mostrar múltiples facetas de la explotación forestal. Curiosamente, la mayoría de las mujeres son muy obesas, se podría decir fellinianas, y los personajes tienden a formar parejas inestables. Como en otras novelas (por ejemplo, Una mujer difícil y El mundo según Garp) ocurren accidentes fatales que sellan las vidas de los protagonistas. En La última noche en Twisted River, Dominic y su hijo huyen del ayudante de sheriff Carl, un psicótico que los busca afanosamente para asesinarlos. Es el relato de un acoso, de una venganza por celos y del sentimiento de culpa originado por una muerte casual.

Danny está, a su vez, escribiendo la misma historia que se narra, y se establece así un juego especular y de correspondencias. A tramos se trata de una novela acerca de otra novela y le otorga al texto un desarrollo circular y caudaloso. Irving no tiene problemas en manifestar a través del protagonista sus propias opiniones literarias: “En las entrevistas, Danny declaraba siempre que el título reflejaba la clase de narración decimonónica y anticuada que era la novela”. Así, se reconoce admirador de prominentes escritores como Nathaniel Hawthorne, Herman Melville y Thomas Hardy, y opina que “el cometido de un novelista era imaginar, de una manera verosímil, toda una historia (…) porque las historias de la vida real nunca eran íntegras, nunca eran completas, del modo que podían serlo las novelas”.

A través del oficio de cocinero de Dominic, el autor expone abrumadores conocimientos sobre las comidas italiana, francesa y china, y presenta un vocabulario apabullante acerca de distintos ingredientes asiáticos. También describe con un detallismo propio de un geógrafo las zonas de New Hampshire, Colorado y Ontario, y las ciudades de Boston, Vermont, Toronto e Iowa.

La acción de la novela comienza en 1954 y termina en 2005, abarcando medio siglo de historia norteamericana, que lleva a Irving a la conclusión de que: “…sólo le importaba que su antiguo país era para él una nación perdida”. Además, un personaje proclama que: “Los conservadores son una especie extinta, pero ellos aún no lo saben”.

Aunque cierto espíritu trágico tiñe la novela, finalmente se impone en ella un idílico y conmovedor romance entre personajes maduros.

La traducción de Carlos Milla Soler merece el más entusiasta de los elogios, pese a recurrir a demasiadas expresiones del habla popular española.

Germán Cáceres