8M

El Día Internacional de la Mujer es para recordar, rememorar y enaltecer las conquistas sociales logradas a lo largo de los años. Luchas que son también políticas, económicas y culturales. 

Pero aún ya entrados en el Siglo XXI seguimos en deuda, porque no alcanzan. Es preciso acelerar el camino hacia la igualdad, es hora de desterrar para siempre la violencia de género y los femicidios. 

Nuestro compromiso con estos valores son inclaudicables, y abarcan todas las edades, pero es necesario pensarlo desde las primeras infancias y adolescencias para construir una sociedad más justa, rompiendo silencios y poniendo en agenda estos temas.

Comunicados nuevamente

Por este medio comunicamos que la Biblioteca ha vuelto a contar con línea telefónica, por lo que podrán contactarnos, en nuestro horario de atención al público, al 4802-8211.

Además, como siempre, pueden seguir contactándonos a través de nuestro correo electrónico carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar, redes sociales y esta página web. Lamentamos los inconvenientes ocasionados.


Centro Cultural y Biblioteca Popular
Carlos Sánchez Viamonte

Austria 2154
(1425) Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Biomecánica corporal y elongación 2021

Con cupo limitado y protocolos correspondientes, este lunes 8 de marzo comienza el ciclo 2021 del Taller de Biomecánica Corporal y Elongación, a cargo de Cristina Bartolomé en nuestra Biblioteca, Austria 2154. Las clases serán los lunes y miércoles de 18:30 a 19:30 horas. Para inscribirse, llame al 4802-8211 o escriba a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar. Los socios de la Biblioteca cuentan con aranceles especiales.



Clases de Biomecánica Corporal y Elongación, combinación de ejercicios de yoga, pilates, kinesiología, elongación y relajación es lo que propone el taller que se dará en la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte. En el contexto 2021, el taller contará con cupos reducidos y de acuerdo a los protocolos vigentes.

La propuesta de trabajo parte de una serie de ejercicios de piso y elevación que mejoran la circulación y tonifican el cuerpo. Desarrollan la fuerza flexibilidad y resistencia, alarga y fortalecen los músculos, mejoran la postura y respiración, logrando un alto grado de relajación y disminuyendo el estrés. Tu cuerpo es único, cuídalo y quererlo, pues no tiene repuesto.

Cristina Bartolomé estudió en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y la Escuela Nacional de Danzas. Se formó, además, en danza clásica con maestros como O. Kirowa, M. Ruanova, A. Mastrazzi, G. Kazda y otros. Hizo talleres de Danza de Carácter, Perfeccionamiento en yuntas, Barra á terre, Danza Moderna, Española y Técnicas Teatrales.

En su trayectoria artística y coreográfica se incluyen actuaciones en el Teatro Colón, Nacional Cervantes, San Martín, Avenida, Auditorium de Mar del Plata, Broadway y Margarita Xirgu, entre otros, además de participaciones televisivas.

Como docente trabajó en el Conservatorio "Beethoven", "Studio O. Kirowa", Estudio "Gurkel - Lederer" y la Escuela de Arte “Cecilia Maresca”.

Informes e inscripción
Personalmente, en Austria 2154, de lunes a viernes de 16 a 20 horas. Por teléfono, en los mismos horarios llamando al 4802-8211. Por correo electrónico a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.

Entrevista a Germán Cáceres desde Brasil

El escritor y responsable de nuestra sección de crítica literaria, Germán Cáceres, fue entrevistado desde Brasil por Arte Agora. Compartimos el video.



Arte Agora es un canal destinado a la divulgación de "obras, ideas, pensamientos, emprendimientos y propuestas artísticas y culturales" señalan en su canal de YouTube en el que suben los reportajes que van realizando, conducidos por Alexandre Santos.

Es además integrante de la plataforma de la "Câmara Brasileira de Desenvolvimento Cultural".

Estamos en el aire

Esta tarde, con la salida de "Especiales on line", conducido por Gustavo Antonopolos, comenzamos las transmisiones de CSV Radio






Descargate la App de CSV Radio

Además de escuchar CSV Radio por nuestra página o la de la radio, también podés descargarte la aplicación para Android y escucharnos con el celular sin inconvenientes, haciendo click en este enlace.

Recordá que desde hoy a las 16 horas comienza la programación en vivo. Consultá acá toda la información sobre la radio y cómo seguirnos en redes sociales.

Aquí, de Octavio Paz


Aquí

Mis pasos en esta calle

Resuenan

En otra calle

Donde

Oigo mis pasos

Pasar en esta calle

Donde

Sólo es real la niebla.

Octavio Paz

CSV Radio empezará a transmitir en marzo

Un viejo anhelo de la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte está listo para su inauguración. A partir del lunes 1 de marzo comenzará la programación de CSV Radio, nuestra emisora on line. 

La radio podrá escucharse desde el reproductor ubicado en nuestra página, y por https://csvradio.republicaservers.com, donde encontrará detalles sobre la programación semanal.  


Además, está disponible la App para celulares y Tablet con sistema Android, en este enlace.


Como fuimos contando durante la construcción de las instalaciones, nuestro estudio cuenta con sonido de óptima calidad, además de dos cámaras HD para poder seguir los programas a través de las distintas aplicaciones y redes sociales. 


¿Tenés ganas de hacer un programa de radio? Estamos abiertos a recibir nuevas propuestas. Si querés sumarte a nuestra programación envianos tu propuesta a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar y nos pondremos en contacto para contarte las opciones.


Redes sociales de la radio:

Industria cultural y alienaciٖón de masas

En su magistral ensayo titulado Dialéctica del iluminismo Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, explican cómo opera la maquinaria propagandística del capitalismo contemporáneo para perpetuar la dominación y explotación en la sociedad de masas.


En efecto, en este ensayo escrito después de la Segunda Guerra Mundial, los autores despliegan su herramental teórico sobre diversos tópicos incluido un exhaustivo análisis de lo que llaman la industria cultural.

Esta, la industria cultural, abarca desde la industria cinematográfica, radiofónica y gráfica hasta la publicidad de mercancías.

La cuestión no es solo la venta y consumo de objetos sino también de ficciones que “alimenten” las ilusiones y expectativas de las masas sumergidas. Es la “venta de un estilo de vida”, con héroes y heroínas, divas y villanos. Ficciones que “ayuden” a escapar de la gris cotidianeidad en las sociedades desiguales e injustas.

Basta encender un receptor para percibir que “existen mágicas soluciones para todo”, cosmética capilar y dermatológica, odontología, jardinería o prácticas deportivas.

Lo que Byung Chul Han denomina sociedad de la transparencia es a la vez la sociedad del cansancio y del rendimiento. Un enjambre con múltiples tramas que desde hace décadas cuenta con la informática generando la ilusión de comunicación cuando en realidad el efecto es el aislamiento y la soledad en la multitud.

Múltiples paradojas y contradicciones camufladas por los mensajes que incitan al consumo compulsivo.

En su célebre novela El lobo estepario Herman Hesse desliza esta reflexión que desde nuestra perspectiva mantiene vigencia: “A los verdaderos hombres no les pertenece nada. El tiempo y el dinero pertenece a los mediocres y superficiales”.

Carlos A. Solero
Febrero de 2021

El sueco, de Ernesto Cardenal

Yo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el año 1897 a esta pequeña república de Centroamérica (en la que aún me encuentro), con el objeto de buscar una curiosa especie de la familia de las Iguanidae, que yo considero descendiente muy directa del dinosaurio. Mi viaje fue, sin embargo, con tal mala suerte, que apenas había acabado de cruzar la frontera cuando caí preso. Por qué caí preso no se espere que lo explique; que he concentrado toda mi mente durante años tratando de explicármelo sin ningún éxito y creo que no hay nadie en el mundo que lo sepa. El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.



De nada me sirvió el que en un idioma imperfecto tratara de hacerles ver que yo era sueco. Mi convicción de que el representante de mi país llegaría a rescatarme se desvaneció con el tiempo, cuando descubrí que ese representante no solo no podía entenderse conmigo, porque no sabía sueco y jamás había tenido la menor relación con mi país, sino que también era un anciano de más de noventa años y enfermo y que además a menudo caía preso. Allí en la cárcel conocí a un sinnúmero de personalidades importantes de la república, que también acostumbraban a menudo a caer presos: expresidentes, senadores, militares, señoras respetables y obispos, y aún una vez incluso el mismo jefe de policía. La llegada de estas personas, que ocurría generalmente en grandes grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; visitantes, mensajes, envío de viandas, sobornos al carcelero, motines y, a veces, hasta fugas. A causa de esa constante afluencia de presos, la situación de nosotros, los que teníamos ya un carácter más per­manente en la cárcel, era continuamente modificada. De una celda individual, relativamente confortable, me pasaban a una sala en la que encerraban a cien o doscientas personas, o si no, un agujero en el que difícilmente cabía un cuerpo. Lo que era peor, si había demasiados huéspedes en la cárcel y todas las celdas estaban llenas, me trasladaban a la cámara de tortura, que tal vez estaba desocupada por no tener ningún castigado. Pero digo mal, sin embargo, cuando digo la cárcel, pues eran muchas y frecuentemente se nos cambiaba de una a otra. Yo creo haberlas recorrido casi todas.

Así fue que me rocé con todas las personas más importantes del país, mientras poco a poco iba aprendiendo el idioma. Por mucho tiempo continué asegurando que yo era sueco, ahora ya con toda claridad y corrección, hasta que por fin dejé de hacerlo, convencido de que, si para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el solo motivo de ser sueco.

Llevaba yo ya cinco años en estas condiciones, habiendo abandonado ya desde hacía tiempo mis protestas de ciudadanía y perdidas las esperanzas de que al terminar el período del presidente mi situación se remediaría porque este se había reelegido, cuando llegaron de pronto una mañana unos empleados del gobierno a preguntarme, para mi sorpresa, que si yo era sueco. Al punto que dije que sí, me hicieron bañarme y rasurarme y cortarme el pelo (cosas que nunca habían hecho) y vestirme de etiqueta. Al comienzo creí que las relaciones con mi país habrían mejorado de manera admirable, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos, y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar también que me fueran a matar. El temor en cierto modo se disipó, cuando descubrí que me llevaban ante el presidente de la república. Este, que me estaba esperando, me saludó con gran afabilidad, preguntándome repetidas veces que “qué había hecho”, exactamente. Luego, con sumo interés, me hizo la pregunta de que si yo era sueco, y como le respondiera firmemente que sí, agregó: “Entonces, ¿usted sabe sueco?” Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me alargó una carta escrita con suave letra de mujer en la lengua de mi país, pidiéndome hiciera el favor de traducirla. (Tiempo después se me informó que a la llegada de esa carta el gobierno había buscado inútilmente por todo el país a alguien que pudiera leerla, hasta que recordó dichosamente haber oído a un preso gritar que era sueco.) La carta era la de una muchacha que decía llamarse Selma Borjesson, pidiendo como un favor unas cuantas de esas bellas monedas de oro que, según había oído decir, circulaban aquí, y expresando al mismo tiempo su admiración por el presidente de ese exótico país, a quien enviaba también como un recuerdo su retrato: la más bella fotografía de mujer que yo he visto en mi vida.

Enseguida que oyó mi traducción el presidente, a quien la carta, y más que todo el retrato de la muchacha, habían producido un profundo deleite, me dictó su respuesta en términos abiertamente galantes, accediendo al punto al envío de las monedas, no obstante explicar que ello estaba expresamente prohibido por la ley. Traduje con toda fideli­dad a la lengua sueca su pensamiento, firmemente convencido de que esa inesperada utilidad recién descubierta en mí, me valdría no solo la libertad, sino hasta un pequeño nombramiento quizás, o al menos el apoyo oficial para encontrar la ansiada Iguanidae. Pero, como una medida de prudencia por todo lo que pudiera sobrevenir, tuve la precaución de agregar a la carta que me dictó el presidente unas breves palabras, en las que resumía la situación en que yo estaba, suplicándole a esa muchacha tan admirable que intercediera por mi libertad.

No tardé mucho en felicitarme por la ocurrencia que había tenido, porque apenas el presidente había terminado de darme las gracias, cuando, con gran sorpresa de mi parte, fui llevado nuevamente a la cárcel, donde se me quitó el traje de etiqueta, volviendo otra vez exactamente a la lamentable situación de antes. Los días desde entonces ya fueron llenos de esperanza; sin embargo, y al poco tiempo, una nueva bañada y rasurada y el regreso del traje de etiqueta me anunciaron que la deseada contestación había llegado.

Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo sobre mí, pidiendo amablemente la libertad del compatriota; pero desgraciadamente, como yo también ya lo había previsto, no podía hacérselo saber al presidente, porque este creería que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, castigando hasta tal vez con la muerte mi atrevimiento. Así pues, me vi obligado a saltarme el párrafo que pedía mi libertad, sustituyéndolo por unas frases de insinuación amorosa muy halagadoras al presidente. Pero, en cambio, en la contestación que este me dictó, intercalé una más completa exposición del caso en que me encontraba, aprovechando al mismo tiempo la ocasión de desvanecer la idea romántica que ella tenía del presidente, revelándole lo que este era en realidad.

A partir de entonces, ya la muchacha comenzó a escribir con frecuencia, demostrando un interés cada vez más creciente en mi asunto, con el aumento por consiguiente de mis rasuradas y baños y las puestas del traje de etiqueta (lo que no me dejaba de ser un poco humillante), al mismo tiempo que de mis esperanzas de libertad.

Fui adquiriendo así cada vez más confianza con ella a través de las contestaciones que me dictaba el presidente. Debo confesar entonces que durante los tediosos e insufribles intervalos habidos entre carta y carta, el pensamiento de mi libertad, junto con el de la bella y posible libertadora, no me dejaban de día ni de noche, obsesionantes, confundiéndose de tal modo el uno con el otro, que yo, al fin, ya no sabía si era ella o mi libertad lo que más deseaba (ella era realmente mi libertad, como yo tantas veces se yo dije mientras el presidente dictaba). O sea, para decirlo en otras palabras: estaba enamorado y con la infinita satisfacción de ver que era plenamente correspondido. Pero, para desgracia mía, el presidente también lo estaba, y en alto grado, y lo que era peor, yo había sido el causante y fomentador de ese amor, haciéndole creer que era para él esa correspondencia, de la que dependía mi vida.

En mis largos angustiosos encierros, yo me entretenía en preparar muy bien la próxima carta que leería al presidente (lo cual me era indispensable, pues este no permitía que primero la leyese toda para mis adentros y después procedería a su traducción, sino que exigía le fuese traduciendo al mismo tiempo que leía, y además, fuese porque desconfiara de mí o por el placer que ello le proporcionaba, me hacía leer tres y aún cuatro veces seguidas una misma carta), como también la nueva contestación que daría a mi amada, puliendo y acicalando cuidadosamente cada una de sus frases, esforzándome por poner en ellas toda la poesía y belleza tradicional de la lengua sueca y aún agregando a veces pequeñas composiciones en verso de mi invención.

Con el objeto de prolongar aún más esas cartas, hacía responder al presidente a un sinnúmero de preguntas sobre la historia, costumbres y situación política del país, a lo cual él accedía siempre con sumo gusto. Así me empezaba entonces él a dictar largas epístolas, generalmente sobre su gobierno y los problemas de estado, llegando a adquirir cada vez más confianza con el tiempo y a aumentar el número de sus confidencias, pidiendo continuamente el consejo y el parecer de la amada. Sucedió entonces que yo, desde una inmunda cárcel, tenía en mis manos los destinos del país, sin que nadie, ni aún el mismo presidente, lo supiera, y mediante oportunas sugerencias e indicaciones, permití el regreso de desterrados, conmuté sentencias y liberté a muchos de mis compañeros de prisión sin que nadie pudiera agradecérmelo.

Uno de los más grandes placeres de los días de dictado era también el de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle entonces que mandara más retratos con frecuencia, pero, como es de suponer, todos iban a parar a manos del presidente. Mi venganza consistía en cambio en los regalos de este, numerosos y de mucho valor, que siempre eran enviados en mi nombre.

Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor: era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del presidente, y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio; cartas en las que ya, por último, ni siquiera lo mencionábamos a él sino muy de vez en cuando, casi siempre para insultarle. En cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmada mi sentencia de muerte.

El tema de mi libertad —además del amor— era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando todas las estrategias posibles. En un principio yo me había negado a traducir nuevas cartas, a menos que se me pusiera en libertad; pero entonces me condenaron a pan y agua, y esto, junto con el tormento aún mayor de no leer más cartas de ella, que ya desde entonces me eran indispensables, quebrantó mi voluntad. Propuse, al menos como una condición para rendirme, que la rasurada y el buen vestido y el aseo fueran proporcionados de una manera regular y no únicamente los días de carta, lo cual no solo resultaba impráctico, sino humillante; pero ni aún eso me fue concedido.

Después, mi amada propuso hacer un viaje de visita al presidente y arreglar con él que se me pusiera en libertad (plan que tenía la ventaja de contar con el apoyo decidido de este, quien desde hacía tiempo venía insistiendo muy enérgicamente en ese viaje); pero yo me opuse a él terminantemente, porque ello equivalía a perderla a ella para siempre. Yo le propuse, a mi vez, que viniera otra mujer bellísima, haciéndose pasar por ella ante el presidente y gestionara mi libertad; pero entonces fue ella la que se opuso, alegando que, además de muy expuesto, era difícil encontrar a alguien que se prestara. Otra propuesta de su parte, que estuvo verdaderamente a punto de realizarse, fue la de solicitar una protesta enérgica de parte de mi gobierno y aún una ruptura de relaciones; pero yo le hice ver a tiempo que con semejantes medidas no solo se suspendería inmediatamente nuestra correspondencia, sino que esa ruptura me significaría la pena de muerte en el acto. Yo era más bien partidario de que se mejorasen hasta lo increíble las relaciones —entonces tan lamentables— con mi país. Pero como ella me hizo notar, con mucha razón: “¿Cómo convencer al gobierno sueco de que mejore sus relaciones por el motivo de que tienen a un ciudadano preso injustamente?” Pero la más descabellada ocurrencia fue la que tuvo un abogado amigo suyo, quien se ofreció a conseguir mi extradición alegando que yo era un criminal, no reparando en que el presidente, sin lugar a duda, me mandaría a matar en el momento de saberlo.

Mientras tanto, una nueva preocupación se había venido a agregar a las otras, y era la de ver cómo día a día yo venía siendo más peligroso a los ojos del presidente por el tremendo secreto y todas sus demás confidencias innumerables de que era depositario, con la consiguiente amenaza para mi vida que ello significaba. Es cierto que su amor (cada vez en aumento) constituía mi mayor seguridad, porque él no me mataría mientras necesitara mis servicios; pero esta seguridad me angustiaba por otro lado, porque a causa de esos servicios también era más difícil que me dejara ir. Hasta la misma esperanza que tuve antes de que un compatriota mío acertara a pasar, se había convertido ahora en un nuevo temor por la posibilidad de que leyera alguna carta y se descubriera mi fraude.

Estábamos así, mi amada y yo, ocupados en la preparación de un nuevo plan que demostrara ser más efectivo, cuando de pronto, aquello que más angustiosamente me aterrorizaba y con todas las fuerzas de mi alma había tratado de evitar, llegó a suceder: el presidente dejó de estar enamorado. No fue, para mi desdicha, su desamoramiento gradual, sino súbito, sin que me diera tiempo de prepararme. Sencillamente, las cartas que llegaban ya fueron desde entonces tiradas al canasto y no se me llamó, sino de tarde en tarde, para que leyera alguna que otra —más bien por curiosidad que por otra cosa— haciéndoseme contestarlas en breves y apresuradas líneas para tratar de poner fin al asunto. Toda la desesperación y mortal angustia de mi alma fueron vertidas en esas líneas y en las pocas cartas de ella que aún tuve la suerte de leer al presidente puse a mi vez las más tiernas, las más entrañables y apasionada súplicas de amor que haya proferido mujer alguna; pero con tan poco éxito que aún a veces se me suspendía la lectura a mitad de la carta. Para colmo de desdicha las que ella me escribía eran más que todo de reproche para mí por demorar las contestaciones, y poseída por los celos, se atrevía a poner en duda que todavía estuviera preso, llegando aún a insinuar que tal vez nunca en mi vida había estado preso. La última vez en la que ya ni siquiera se me hizo llegar de etiqueta a la Casa Presidencial, sino que en la propia cárcel me fue dictada por un guardia una ruptura ya completamente definitiva, me hizo saber que ella, mi libertad y todo, había llegado a su fin. Las postreras y desgarradoras palabras para Selma Borjesson fueron escritas.

Se me había dejado aún en mi celda unas cuantas hojas de papel y una pluma, tal vez por si acaso se ofrecía alguna carta más, supongo yo. Si el presidente no me ha mandado a matar, porque me queda agradecido o porque puede necesitarme después si alguna otra enamorada le escribe de Suecia, o sencillamente porque ya se olvidó de mí, yo no lo sé. Ignoro también si mi amada, Selma Borjesson, me ha seguido escribiendo o si ya ella tampoco se acuerda de mí (aún pienso en el absurdo terrible de que tal vez ni siquiera ha existido sino que fue todo tramado por algún enemigo del presidente, debido a una costumbre de pensar absurdos que aquí en la cárcel se me ha desarrollado).

Han transcurrido ya más de cuatro años desde entonces y ya otra vez perdí las esperanzas en la terminación del período del presidente porque este nuevamente se ha reelegido. En vista de lo cual, decidí ocupar la pluma y las pocas hojas de papel que ya no tiene objeto, en relatar mi historia. Escribo en sueco para que el presidente no lo entienda si esto llega a sus manos. En el caso remoto de que algún compatriota mío acierte por casualidad a leer estas páginas, le ruego se acuerde de Eric Hjalmar Ossiannilsson, si aún no me he muerto.

*

NOTA: Un amigo mío que estuvo preso encontró este manuscrito en la cárcel, casi destruido por la humedad, debajo de un ladrillo. Parece haber sido escrito hace ya muchos años. Y años más tarde un representante sueco de la Compañía de Teléfonos Ericksson nos lo tradujo. No hemos podido encontrar ningún dato referente a la persona que lo escribió. Yo he publicado el texto como me ha sido dado, haciéndole obvias correcciones de redacción y de gramática.

Ernesto Cardenal (1925-2020)
Festival del libro centroamericano, 1960

¡Reabrimos!

Desde el miércoles 17 de febrero los esperamos nuevamente en la Biblioteca, Austria 2154, para la entrega y devolución de libros e inscripción de nuevos socios, manteniendo las medidas de distanciamiento social y protocolo que todos conocemos.


La Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte reabre sus puertas al público desde este miércoles, de lunes a viernes de 16 a 20 horas, en Austria 2154. 


De momento, estaremos disponibles para el retiro y devolución de libros. Recuerden que pueden consultar nuestro catálogo on line aquí.


Además, si desea asociarse, estaremos recibiendo nuevas solicitudes en los mismos días y horarios. Consulte aquí los requisitos.


Fiodor Dostoievski. Memoria y presencia

Resulta muy difícil sino imposible tomar distancia afectiva respecto de los relatos de Fiodor Dostoievsky de cuya muerte se cumplieron el 9 de febrero ciento cuarenta años.


En efecto, quien haya recorrido las páginas de la novela Crímen y castigo, se seguirá conmoviendo por la intensidad del relato. La indagatoria acerca de la cuestión de la culpa. La figura de Raslkonikov se torna omnipresente como del personaje de Las memorias del subsuelo o el de Noches blancas.

Otro tanto ocurre con El jugador y sus desventuras o Las memorias de la casa de los muertos en la que Dostoievsky relata su experiencia en prisión. El encarcelamiento del escritor fue la condena por participar de un levantamiento contra la tiranía zarista.

En el pensamiento y en la obra de Dostoievsky confluyen elementos del cristianismo primitivo y del socialismo.

La confrontación entre estas perspectivas se manifiesta en algunas de sus novelas más importantes.

Pionero del existencialismo literario, la indagación psicológica es notoria en los relatos y hasta cuestiones como la epilepsia y ciertos estereotipos de patologías psíquicas.

Las cuestiones éticas y ciertas situaciones dilemáticas emergen en El Idiota y novelas como Los endemoniados.

Magna obra, Los hermanos Karamazov, alcanza las cumbres de la mejor literatura universal con los arquetipos del místico, el psicópata, el nihilista revolucionario enfrentados a las tragedias, las situaciones límites y la fatalidad.

Fiodor Dostoievsky un autor cuya obra es perenne más allá de su vida atormentada.

El gran escritor Coetzee lo retrata en cierta forma en novela El maestro de Petersburgo.

Acercarse a los libros de Dostoievsky es incursionar en un universo singular y apasionante.

Carlos A. Solero
Febrero de 2021