"Vivamos", por Rocío Danussi

Presentamos un relato escrito y leído por Rocío Danussi.

Gauguin

Pablo García Peña nos trae otra efeméride para recordar a Paul Gauguin, uno de los más grandes pintores en la historia de la humanidad.


Creer en el tiempo

Lo que la poesía viene diciendo desde hace cuánto, por Eduardo Milán


Ejercer lo que no hay por derecho lo constituye. Es lo que entiendo por el notable concepto de performatividad de Judith Butler. Es un modo de acción liberadora. La poesía lo viene diciendo desde hace cuánto. “El día en que la mujer hable el mundo cambia”, dice Rimbaud (cito de memoria: Rimbaud es una forma de oleaje en seco, de ahí el desierto, las arenas de Abisinia que podrían existir o no existir). Es cierto. En cuanto a la vejez, el retorno del haikú (la dictadura del haikú diría mi amigo Ullán, el de El camino...) son las diecisiete sílabas de la vejez que se permite caer en profundidad porque ya no tiene tiempo. La épica es larga, no tiene por objeto la cala salvo lo que se cala para no correr peligro: el silencio en portugués que no tiene nada que ver con la épica. El silencio es una concentración dilatada, el círculo concéntrico de mi moneda tirada horizontalmente —lo más posible de un joven que no se agacha, un rockero que tiene a su alcance el punto de flexión del junco que no tiene doblez —las dos caras del junco: no— se curva, no se dobla, cuervea en negro para horizontalizar el aire de su mirada que ya es puro perfil, cante de Morente no de Camarón, ese subía, se le iba arriba el palmoteo de la voz. Mundo suprasensible si lo hay el del Camarón. No hay ángeles, hay Camarón. En cuanto al extranjero, el migrante lo acaba allí donde el otro, al ejercerlo, constituye el derecho que no tiene. Una humanidad se está moviendo dentro de una humanidad que está quieta como un viejo que no quiere escribir su haikú: cree en el tiempo-todavía, en sus desdoblamientos posibles como un rizoma que fuera más que un rizo de espuma, su momento crocante donde desacelera su peso de mole, de playa en el pie, los dedos del pie abiertos por la sal que cura toda abertura: no hay más herida que la orilla del mar, en su contexto, claro, el de los principios. Lo de los principios lo diría Lezama. Pero es dar pie —se nos fue la mano de tanto darla o, resentida, de no darla— como un teatro que da pie entre ruinas, a lo vivo, con gente que está ahí adelante, no imaginaria.

Eduardo Milán
Diario El País, Uruguay

Freud para todos

Retomamos los aportes del periodista colombiano Pablo García Peña y sus infografías, en este caso dedicada a la conmemoración del natalicio de Sigmund Freud.


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Programa Libro% a distancia

Desde esta semana, y hasta el 20 de mayo, la Conabip habilitó a las Bibliotecas Populares de todo el país al programa de compra de libros con descuento, en su décimo quinta edición.


Tras la cancelación de la Feria del Libro, las Bibliotecas Populares de todo el país participan del Programa Libro% a distancia, con la compra de libros de manera on line a través de la plataforma de Conabip. En esta edición, las editoriales participantes son más de 250.

Se trata de 913 Bibliotecas Populares, distribuidas de la siguiente manera: 240 de la Provincia de Buenos Aires, 2 de Catamarca, 19 de la Ciudad de Buenos Aires, 46 de Chaco, 24 de   Chubut, 88 de Córdoba,  31 de  Corrientes,  44 de Ente Ríos, 6 de  Formosa, 9 de Jujuy, 52 de La Pampa, 5 de La Rioja, 32 de  Mendoza, 21 de Misiones, 28 de Neuquén, 29 de Río Negro, 19 de  Salta, 25 de San Juan, 8 de San Luis, 3 de Santa Cruz, 145 de   Santa Fe, 23 de Santiago del Estero, 2 de Tierra del Fuego y 12 de Tucumán.

Los libros llegarán a nuestra Biblioteca por correo, y una vez que podamos realizar las tareas con cierta normalidad serán incorporados a nuestro catálogo y estarán disponibles para los socios.

Peter Kaldheim: camello, vagabundo, beatnick y escritor debutante a los 70 años

El viento idiota recoge el viaje de huida y redención un admirador de Kerouac que recorre Estados Unidos para salvar su vida.


Podríamos leer 200 libros sobre Trump y sus tretas, sobre Kissinger y su política exterior, sobre el racismo y la violencia de las ciudades de Norteamérica, sobre la ñoñería de sus universidades y el despilfarro de su urbanismo... Y daría igual todo lo malo que aprendiésemos porque siempre podríamos encontrar una nueva historia que renueve la promesa de inocencia y libertad que asociamos a Estados Unidos.

El viento idiota (Temas de Hoy), memoria de juventud del escritor debutante Peter Kaldheim (1949), es un nuevo ejemplo de esa literatura tan dulce y esencialmente estadounidense.

Un resumen: estamos en Nueva York, en 1987 y Kaldheim es un escritor fracasado que consume y vende cocaína. En los últimos años ha perdido y enterrado a un par de parejas, se ha peleado con sus padres y ha sido despedido del trabajo de manera bochornosa. En el fin de semana de la Super Bowl (gana su equipo pero a él le da igual) culmina su carrera de camello: se compromete a vender siete gramos de cocaína pero esnifa 14 en dos días y descubre que no puede pagar a su proveedor. Así que se gasta sus últimos 30 dólares en un autobús que lo saque de la ciudad, lo más lejos que se pueda. Un amigo le ofrece cobijo en San Francisco, así que Kaldheim, que ha estudiado Letras en una universidad buena, se siente un poco Sal Paradise en En el camino.

Los siguientes meses, llenos de noches al raso, viajes en autoestop, vagabundos sabios, paisajes bellísimos y gente generosa que se cruza por su camino, confirman ese presagio. «Durante ese tiempo, hablar de Kerouac con la gente con la que me hablaba fue una manera de recordarme lo que de verdad me gustaba de vivir», explica Kaldheim. «¿Sabe lo que me gusta hoy de En el camino? Todo el jazz que sale».

¿Qué iba mal en su vida? «Yo quería ser escritor, pero en 10 años no había hecho más de 100 páginas y había dejado todas las historias que empecé», explica el autor. «Iba a los bares del ambiente literario para sentir que era parte de ese mundo y bebía y me drogaba para olvidar mi fracaso. Mi autoestima se estaba derrumbando. Y puede que hubiese algo aprendido: todos los escritores en los que me fijaba tenían vidas autodestructivas. Supongo que pensaba imitarlos para poder cumplir con mi misión como escritor».

Así, hasta llegar al punto dramático en el que Kaldheim se lanzó al muy americano viaje de redención, al estilo de las canciones de Springsteen. ¿Por qué los estadounidenses siempre se están marchando de casa en sus libros? «Somos un país de inmigrantes. Todos somos hijos de alguien que se fue y tenemos esa forma de vida interiorizada. Y supongo que las familias en Estados Unidos son un poco problemáticas y por eso la gente tiene raíces frágiles».

El viaje de Kaldheim estuvo lleno de momentos sórdidos y solitarios. Fue el viaje de un vagabundo, no el de un mochilero. Sin embargo, su relato es alegre. «La depresión no la sentí al huir. La depresión la tenía antes, mis adicciones expresaban esa angustia. En cuanto me subí al autobús me sentí libre de las responsabilidades que me atenazaban, alegre por empezar una nueva vida».

En los días buenos, el viajero de El viento idiota dormía y comía de la caridad del Ejército de Salvación; en los días muy buenos, tenía una biblioteca pública en la que pasar la tarde y leer. «Las bibliotecas admiten a los vagabundos, nadie te pregunta nada. Leí a Joyce».

¿Y no eran los 80 una época de valores conservadores y más bien egoístas? «Entre los vagabundos, no. Igual que no ocurre ahora. ¿Qué conservadurismo puede haber entre los que no tienen nada? Hay gente que duda de que un viaje así sea posible hoy en día. Bueno, creo que colarse en un tren de mercancías no es tan fácil como antes. Pero la gente es la misma. Vas a encontrar más gente buena que mala allá donde vayas».

Un ejemplo: Gino, el dueño de un Audi que cruzaba el país de sur a norte y que reclutó a Kaldheim para que le diese relevos al volante. Al principio, Gino era un tío enrollado con ganas de charla; después, se convirtió en su irritante mala conciencia: «Se parecía físicamente a mi padre. Era un hombre muy recto que había perdido a su familia por la adicción a la cocaína de su mujer. Era el espejo que reflejaba el daño que había hecho, el que me decía que crecer consistía en asumir mi responsabilidad. Un adicto es sobre todo, eso, alguien que vive en un presente perpetuo y que intenta creer que sus actos no tienen consecuencias».

El viento idiota necesitaba una enseñanza vital de ese tipo para ser un texto redondo. Eso y un final feliz como los que aún promete América.

Luis Alemany
Diario El Mundo, España

Papeles en el viento

de Eduardo Sacheri
(Alfaguara, Buenos Aires, 2020, 448 páginas)


Como es habitual en su narrativa, la pasión por el fútbol está presente y no pierde ocasión de mostrar los vastos conocimientos que posee sobre el tema.

Los cuatro protagonistas (el Mono, Fernando, el Ruso y Mauricio) son típicos hombres de barrio, en este caso Castelar. La trama de la novela es de un realismo incuestionable y está estructurada como un montaje paralelo, con numerosos raccontos y elipsis, de allí que en 2015 dio origen a una película dirigida por Juan Taratuto y con guión de ambos (tener en cuenta que Papeles en el viento ya había sido publicada en 2011). Se disfruta en ella un sabor popular, que demuestra que Sacheri tiene “calle” y por ello penetra en la psicología de los personajes y los pinta tan vívidos.

Todo gira en el intento de vender un jugador poco dotado a través de un marketing que no elude las fake news ni los videos falsos. Después que el Mono fallece, ese dinero se utilizará para que su hija Guadalupe pueda cursar buenos estudios hasta que cumpla la mayoría de edad.

En varios episodios, el novelista oculta información para producir una inesperada sorpresa como también aumentar el suspenso sobre esa complicada venta. Pero el recurso no resulta cuestionable porque es verosímil y además el autor deslizó anteriormente pistas y guiños al lector.

La escritura de Papeles en el viento es moderna, cálida, de extraordinaria solidez y entretenida lectura. Está muy dialogada, y allí descuella su talento de escritor. Algunos de los parlamentos son violentos e implacables como los sostenidos entre Fernando y la viuda del Mono.

Tanto en los diálogos como en la prosa aparecen comentarios que demuestran mucha sabiduría de la vida (“El Polaco los saluda como si fueran viejos amigos pero, como no lo son, sus gestos y sus frases son aparatosos”) e imágenes muy originales (”…la afeitada perfecta si no fuera porque se cortó en dos o tres sitios, tal vez por la angustia o la tensión. Un náufrago que enciende la última fogata al paso del último barco”/ “La conversación se desliza como esos patines de franela que a Mauricio lo obligaban a usar, de chico, para no marcar el parquet encerado de la casa de su abuela”).

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967. Es profesor y licenciado en Historia, guionista y escritor. En 2016 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela por La noche de la Usina, que Sebastián Boresztein llevó al cine con el título de La odisea de los giles (2019), ganadora del Premio Goya a la mejor película iberoamericana. Su novela La pregunta de sus ojos (2005) también fue filmada por Juan José Campanella con guión de ambos (El secreto de sus ojos, 2009), que recibió el Oscar a la mejor película extranjera. Escribió libros de relatos y varias novelas, entre las cuales Aráoz y la verdad (2008) fue adaptada el teatro. Su obra fue traducida a más de veinte idiomas.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la BibliotecaSiendo socio puede retirarlo para su lectura.

Ida Vitale por Belén Rueda

«Fortuna» de Ida Vitale por Belén Rueda

Los colores del incendio

de Pierre Lemaitre
(Ediciones Salamandra, Barcelona, 2019, 432 páginas)


En la primera parte, que se desarrolla durante 1927-1929, aparece el siguiente epígrafe de Jakob Wassermann: “En el fondo, no hay buenos ni malos, ni personas honradas ni bribones, ni corderos ni lobos: sólo los castigados y los impunes.” Wassermann es el autor de la célebre novela El caso Maurizius (1928), en la cual este personaje es condenado injustamente a cadena perpetua. Fue llevada al cine por Julian Duvivier en 1954. Los colores del incendio consta de una segunda parte ambientada en 1933 y de un breve Epílogo; su título proviene de un poema de Louis Aragon y es la continuación de su novela Nos vemos allá arriba (2013), que obtuvo el premio Goncourt.

Tras la muerte de Marcel Péricourt, titular de un poderoso banco, su hija Madelaine, que jamás se interesó por esa operatoria, hereda una fabulosa fortuna. Valiéndose de esta inexperiencia, Gustave Joubert, un prestigioso funcionario de esa institución – en combinación con Léonce Picard, la dama de compañía y de confianza de ella–, logran arrebatarle su patrimonio y dejarla prácticamente en la ruina. Charles, el hermano del fallecido, también participa de su hundimiento y, por su parte, André Delcourt, preceptor de Paul, el pequeño hijo de la víctima, es un pervertido que abusa de él.

Madelaine va descubriendo toda esta manipulación y decide vengarse y logra finalmente su propósito, pero en su accionar demuestra también carecer de escrúpulos y recurre a maniobras ilícitas ayudada por ladrones y falsificadores: “… no era más que un bloque de odio animado por un frío deseo de venganza. Era inhumana.” Hay otros títulos, como Vestido de novia (2009), en el que Lemaitre se regodea en el sadismo y la desmesura. En esta novela, los únicos personajes inocentes son Paul, Vladi (la simpatiquísima mucama polaca) y la excéntrica soprano Solange Gallinato, que provoca varias situaciones cómicas (existió y su verdadero nombre es Bernadette Traviers).

Como un coro de fondo se pinta el caótico clima político y económico que imperó entre las dos grandes guerras, con la ascensión del nazismo en Alemania, así como el avance de las ideas fascistas en Francia. “Los políticos estaban tan desprestigiados que los votantes no les prestaban oídos ni cuando decían la verdad”, afirma el autor en un capítulo.

La narración se ramifica en numerosos personajes y tramas, pero la calidad literaria de Lemaitre logra que se comprendan y se sigan con ansiedad los acontecimientos. Escribe con soltura, como si lo hiciera espontáneamente y sin revisar. Su prosa es impecable y a veces parece hablarle al lector. Su concepción literaria, aunque contemporánea, tiene muchos vínculos con la tradición decimonónica. No debe olvidarse que uno de sus escritores más admirados es Alejandro Dumas, al que considera su maestro. La traducción del francés de José Antonio Soriano Marco es superlativa, pero su vocabulario y sus locuciones están dirigidos a los barceloneses.

Lemaitre suele ser irónico, especialmente con la prensa escrita, pues un personaje afirma: “¡Si fuera tan inevitable y tan grave, los periódicos no hablarían de otra cosa!”, y el otro le responde: “Los periódicos no están para informar, ¿en qué planeta vives?”.

El guionista y escritor Pierre Lemaitre nació en París en 1951, y estudió Psicología. En 2006, ganó el premio a la primera novela en el festival de Cognac con Irène, en la que aparece el detective Camille Verhoeven, que es también protagonista de Alex (2011), Rosy & John (2011) y Camille (2012). Además, fue merecedor del Premio Roman France Télévisions, el de los Libreros de Nancy-Le Point, el de a la mejor novela francesa de 2013 de la revista Lire, y a la mejor novela del año según los libreros franceses en la revista Livres Hebdo. También es autor de Tres días y una vida (2016). Su obra fue traducida a varios idiomas.

Germán Cáceres

Día del Libro

En casa, conmemoramos el Día Internacional del Libro recordando el día de 1616 en el que fallecieron, con diez días de diferencia, Cervantes y Shakespeare. Conozca la curiosa historia.


El 23 de abril fue elegido pues supuestamente coincide con el fallecimiento de Miguel de Cervantes y William Shakespeare en la misma fecha en el año 1616. Realmente Cervantes falleció el 22 y fue enterrado el 23 cuando se consignó la fecha del fallecimiento, mientras que Shakespeare murió el 23 de abril del calendario juliano, que corresponde al 3 de mayo del calendario gregoriano. En esta fecha también fallecieron William Wordsworth (en 1850) y Josep Pla (en 1981).

La Unión Internacional de Editores propuso esta fecha a la UNESCO, con el objetivo de fomentar la cultura y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. La Conferencia General de la UNESCO la aprobó en París el 15 de noviembre de 1995, por lo que a partir de dicha fecha el 23 de abril es el «Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor».

Cada año, la UNESCO y las tres organizaciones profesionales internacionales del mundo del libro (la Unión Internacional de Editores, la Federación Internacional de Libreros y la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias) eligen una capital mundial del libro cuyo mandato empieza cada 23 de abril.

Este año la elegida es Atenas, capital de Grecia, por la calidad de sus actividades que lleva a cabo, que cuentan con el apoyo de todo el sector del libro. Recordemos que Buenos Aires lo fue en 2011 y Sharjah, Emiratos Árabes Unidos, lo será en 2019.

En España se celebra en esta fecha la entrega anual del Premio Cervantes, el mayor galardón otorgado a los autores hispanos.

Los invitamos a visitar nuestro catálogo on line y así descubrir los libros disponibles en la Biblioteca mientras continuamos en casa.

El canario


¿Por qué se me ocurriría comprar este pájaro? El pajarero me dijo: «Es un macho. Espere una semana para que se adapte, y cantará». Pero el pájaro se obstina en permanecer callado y lo hace todo al revés. Tan pronto como lleno su comedero, saca los granos con el pico y los lanza a los cuatro vientos. Ato con una cuerda una galleta entre dos barrotes de la jaula. Solo picotea la cuerda. Empuja y golpea la galleta como con un martillo y esta termina por caerse. Se baña en el agua limpia del bebedero y bebe en su bañera. Y defeca indiferentemente en los dos. Debe imaginar que el pastelito es una pasta con la que los pájaros de su especie construyen los nidos y, nada más verlo, se acurruca en él. No ha comprendido aún para qué sirven las hojas de lechuga y solo disfruta haciéndolas añicos. Cuando se le ocurre coger un grano, le cuesta un mundo tragárselo. Lo pasea de un lado al otro del pico, lo aprieta, lo aplasta, y mueve la cabeza como si se tratara de un viejito sin dientes. El terrón de azúcar no le sirve. ¿Es una piedra que sobresale, un balcón, una mesa poco práctica? Prefiere las barras de madera. Tiene dos que se superponen y se cruzan. Me aburre verlo saltar. Se asemeja a la estupidez mecánica de un péndulo que no marca nada. ¿Qué placer obtiene saltando así? ¿Qué necesidad le hace saltar? Si descansa de una aburrida gimnasia agarrado con una pata a la barra que parece estrangular, con la otra busca instintivamente la misma barra.

Tan pronto como se enciende la estufa con la llegada del invierno, cree que es primavera, época de su muda, y se despoja de todas las plumas. La luz de mi lámpara perturba sus noches, desorganiza sus horas de sueño. Se acuesta al atardecer. Dejo que la oscuridad lo envuelva. ¿Sueña quizá? Bruscamente, acerco la lámpara a la jaula. Abre los ojos. ¡Cómo! ¿Ya es de día? Y, rápidamente, comienza de nuevo a agitarse, a bailar, a agujerear una hoja, abre la cola en abanico, despliega las alas. Apago la lámpara y lamento no poder ver su cara estupefacta.

Pronto me canso de este pájaro mudo que solo vive al revés y lo suelto por la ventana… No sabe gozar de la libertad como no sabe vivir en una jaula. Alguien va a cogerlo fácilmente con la mano. ¡Pero que no se le ocurra devolvérmelo! No solo no ofrezco ninguna recompensa por él, sino que juraré que no conozco a ese pájaro.

Jules Renard

¿Cómo ha de ser el lenguaje?

“El lenguaje ha de ser matemático, geométrico, escultórico. La idea ha de encajar exactamente en la frase, tan exactamente que no pueda quitarse nada de la frase sin quitar eso mismo de la idea.”

Josep Pla