CSV Radio empezará a transmitir en marzo

Un viejo anhelo de la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte está listo para su inauguración. A partir del lunes 1 de marzo comenzará la programación de CSV Radio, nuestra emisora on line. 

La radio podrá escucharse desde el reproductor ubicado en nuestra página, y por https://csvradio.republicaservers.com, donde encontrará detalles sobre la programación semanal.  


Como fuimos contando durante la construcción de las instalaciones, nuestro estudio cuenta con sonido de óptima calidad, además de dos cámaras HD para poder seguir los programas a través de las distintas aplicaciones y redes sociales. 


¿Tenés ganas de hacer un programa de radio? Estamos abiertos a recibir nuevas propuestas. Si querés sumarte a nuestra programación envianos tu propuesta a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar y nos pondremos en contacto para contarte las opciones.


Redes sociales de la radio:

Industria cultural y alienaciٖón de masas

En su magistral ensayo titulado Dialéctica del iluminismo Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, explican cómo opera la maquinaria propagandística del capitalismo contemporáneo para perpetuar la dominación y explotación en la sociedad de masas.


En efecto, en este ensayo escrito después de la Segunda Guerra Mundial, los autores despliegan su herramental teórico sobre diversos tópicos incluido un exhaustivo análisis de lo que llaman la industria cultural.

Esta, la industria cultural, abarca desde la industria cinematográfica, radiofónica y gráfica hasta la publicidad de mercancías.

La cuestión no es solo la venta y consumo de objetos sino también de ficciones que “alimenten” las ilusiones y expectativas de las masas sumergidas. Es la “venta de un estilo de vida”, con héroes y heroínas, divas y villanos. Ficciones que “ayuden” a escapar de la gris cotidianeidad en las sociedades desiguales e injustas.

Basta encender un receptor para percibir que “existen mágicas soluciones para todo”, cosmética capilar y dermatológica, odontología, jardinería o prácticas deportivas.

Lo que Byung Chul Han denomina sociedad de la transparencia es a la vez la sociedad del cansancio y del rendimiento. Un enjambre con múltiples tramas que desde hace décadas cuenta con la informática generando la ilusión de comunicación cuando en realidad el efecto es el aislamiento y la soledad en la multitud.

Múltiples paradojas y contradicciones camufladas por los mensajes que incitan al consumo compulsivo.

En su célebre novela El lobo estepario Herman Hesse desliza esta reflexión que desde nuestra perspectiva mantiene vigencia: “A los verdaderos hombres no les pertenece nada. El tiempo y el dinero pertenece a los mediocres y superficiales”.

Carlos A. Solero
Febrero de 2021

El sueco, de Ernesto Cardenal

Yo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el año 1897 a esta pequeña república de Centroamérica (en la que aún me encuentro), con el objeto de buscar una curiosa especie de la familia de las Iguanidae, que yo considero descendiente muy directa del dinosaurio. Mi viaje fue, sin embargo, con tal mala suerte, que apenas había acabado de cruzar la frontera cuando caí preso. Por qué caí preso no se espere que lo explique; que he concentrado toda mi mente durante años tratando de explicármelo sin ningún éxito y creo que no hay nadie en el mundo que lo sepa. El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.



De nada me sirvió el que en un idioma imperfecto tratara de hacerles ver que yo era sueco. Mi convicción de que el representante de mi país llegaría a rescatarme se desvaneció con el tiempo, cuando descubrí que ese representante no solo no podía entenderse conmigo, porque no sabía sueco y jamás había tenido la menor relación con mi país, sino que también era un anciano de más de noventa años y enfermo y que además a menudo caía preso. Allí en la cárcel conocí a un sinnúmero de personalidades importantes de la república, que también acostumbraban a menudo a caer presos: expresidentes, senadores, militares, señoras respetables y obispos, y aún una vez incluso el mismo jefe de policía. La llegada de estas personas, que ocurría generalmente en grandes grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; visitantes, mensajes, envío de viandas, sobornos al carcelero, motines y, a veces, hasta fugas. A causa de esa constante afluencia de presos, la situación de nosotros, los que teníamos ya un carácter más per­manente en la cárcel, era continuamente modificada. De una celda individual, relativamente confortable, me pasaban a una sala en la que encerraban a cien o doscientas personas, o si no, un agujero en el que difícilmente cabía un cuerpo. Lo que era peor, si había demasiados huéspedes en la cárcel y todas las celdas estaban llenas, me trasladaban a la cámara de tortura, que tal vez estaba desocupada por no tener ningún castigado. Pero digo mal, sin embargo, cuando digo la cárcel, pues eran muchas y frecuentemente se nos cambiaba de una a otra. Yo creo haberlas recorrido casi todas.

Así fue que me rocé con todas las personas más importantes del país, mientras poco a poco iba aprendiendo el idioma. Por mucho tiempo continué asegurando que yo era sueco, ahora ya con toda claridad y corrección, hasta que por fin dejé de hacerlo, convencido de que, si para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el solo motivo de ser sueco.

Llevaba yo ya cinco años en estas condiciones, habiendo abandonado ya desde hacía tiempo mis protestas de ciudadanía y perdidas las esperanzas de que al terminar el período del presidente mi situación se remediaría porque este se había reelegido, cuando llegaron de pronto una mañana unos empleados del gobierno a preguntarme, para mi sorpresa, que si yo era sueco. Al punto que dije que sí, me hicieron bañarme y rasurarme y cortarme el pelo (cosas que nunca habían hecho) y vestirme de etiqueta. Al comienzo creí que las relaciones con mi país habrían mejorado de manera admirable, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos, y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar también que me fueran a matar. El temor en cierto modo se disipó, cuando descubrí que me llevaban ante el presidente de la república. Este, que me estaba esperando, me saludó con gran afabilidad, preguntándome repetidas veces que “qué había hecho”, exactamente. Luego, con sumo interés, me hizo la pregunta de que si yo era sueco, y como le respondiera firmemente que sí, agregó: “Entonces, ¿usted sabe sueco?” Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me alargó una carta escrita con suave letra de mujer en la lengua de mi país, pidiéndome hiciera el favor de traducirla. (Tiempo después se me informó que a la llegada de esa carta el gobierno había buscado inútilmente por todo el país a alguien que pudiera leerla, hasta que recordó dichosamente haber oído a un preso gritar que era sueco.) La carta era la de una muchacha que decía llamarse Selma Borjesson, pidiendo como un favor unas cuantas de esas bellas monedas de oro que, según había oído decir, circulaban aquí, y expresando al mismo tiempo su admiración por el presidente de ese exótico país, a quien enviaba también como un recuerdo su retrato: la más bella fotografía de mujer que yo he visto en mi vida.

Enseguida que oyó mi traducción el presidente, a quien la carta, y más que todo el retrato de la muchacha, habían producido un profundo deleite, me dictó su respuesta en términos abiertamente galantes, accediendo al punto al envío de las monedas, no obstante explicar que ello estaba expresamente prohibido por la ley. Traduje con toda fideli­dad a la lengua sueca su pensamiento, firmemente convencido de que esa inesperada utilidad recién descubierta en mí, me valdría no solo la libertad, sino hasta un pequeño nombramiento quizás, o al menos el apoyo oficial para encontrar la ansiada Iguanidae. Pero, como una medida de prudencia por todo lo que pudiera sobrevenir, tuve la precaución de agregar a la carta que me dictó el presidente unas breves palabras, en las que resumía la situación en que yo estaba, suplicándole a esa muchacha tan admirable que intercediera por mi libertad.

No tardé mucho en felicitarme por la ocurrencia que había tenido, porque apenas el presidente había terminado de darme las gracias, cuando, con gran sorpresa de mi parte, fui llevado nuevamente a la cárcel, donde se me quitó el traje de etiqueta, volviendo otra vez exactamente a la lamentable situación de antes. Los días desde entonces ya fueron llenos de esperanza; sin embargo, y al poco tiempo, una nueva bañada y rasurada y el regreso del traje de etiqueta me anunciaron que la deseada contestación había llegado.

Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo sobre mí, pidiendo amablemente la libertad del compatriota; pero desgraciadamente, como yo también ya lo había previsto, no podía hacérselo saber al presidente, porque este creería que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, castigando hasta tal vez con la muerte mi atrevimiento. Así pues, me vi obligado a saltarme el párrafo que pedía mi libertad, sustituyéndolo por unas frases de insinuación amorosa muy halagadoras al presidente. Pero, en cambio, en la contestación que este me dictó, intercalé una más completa exposición del caso en que me encontraba, aprovechando al mismo tiempo la ocasión de desvanecer la idea romántica que ella tenía del presidente, revelándole lo que este era en realidad.

A partir de entonces, ya la muchacha comenzó a escribir con frecuencia, demostrando un interés cada vez más creciente en mi asunto, con el aumento por consiguiente de mis rasuradas y baños y las puestas del traje de etiqueta (lo que no me dejaba de ser un poco humillante), al mismo tiempo que de mis esperanzas de libertad.

Fui adquiriendo así cada vez más confianza con ella a través de las contestaciones que me dictaba el presidente. Debo confesar entonces que durante los tediosos e insufribles intervalos habidos entre carta y carta, el pensamiento de mi libertad, junto con el de la bella y posible libertadora, no me dejaban de día ni de noche, obsesionantes, confundiéndose de tal modo el uno con el otro, que yo, al fin, ya no sabía si era ella o mi libertad lo que más deseaba (ella era realmente mi libertad, como yo tantas veces se yo dije mientras el presidente dictaba). O sea, para decirlo en otras palabras: estaba enamorado y con la infinita satisfacción de ver que era plenamente correspondido. Pero, para desgracia mía, el presidente también lo estaba, y en alto grado, y lo que era peor, yo había sido el causante y fomentador de ese amor, haciéndole creer que era para él esa correspondencia, de la que dependía mi vida.

En mis largos angustiosos encierros, yo me entretenía en preparar muy bien la próxima carta que leería al presidente (lo cual me era indispensable, pues este no permitía que primero la leyese toda para mis adentros y después procedería a su traducción, sino que exigía le fuese traduciendo al mismo tiempo que leía, y además, fuese porque desconfiara de mí o por el placer que ello le proporcionaba, me hacía leer tres y aún cuatro veces seguidas una misma carta), como también la nueva contestación que daría a mi amada, puliendo y acicalando cuidadosamente cada una de sus frases, esforzándome por poner en ellas toda la poesía y belleza tradicional de la lengua sueca y aún agregando a veces pequeñas composiciones en verso de mi invención.

Con el objeto de prolongar aún más esas cartas, hacía responder al presidente a un sinnúmero de preguntas sobre la historia, costumbres y situación política del país, a lo cual él accedía siempre con sumo gusto. Así me empezaba entonces él a dictar largas epístolas, generalmente sobre su gobierno y los problemas de estado, llegando a adquirir cada vez más confianza con el tiempo y a aumentar el número de sus confidencias, pidiendo continuamente el consejo y el parecer de la amada. Sucedió entonces que yo, desde una inmunda cárcel, tenía en mis manos los destinos del país, sin que nadie, ni aún el mismo presidente, lo supiera, y mediante oportunas sugerencias e indicaciones, permití el regreso de desterrados, conmuté sentencias y liberté a muchos de mis compañeros de prisión sin que nadie pudiera agradecérmelo.

Uno de los más grandes placeres de los días de dictado era también el de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle entonces que mandara más retratos con frecuencia, pero, como es de suponer, todos iban a parar a manos del presidente. Mi venganza consistía en cambio en los regalos de este, numerosos y de mucho valor, que siempre eran enviados en mi nombre.

Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor: era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del presidente, y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio; cartas en las que ya, por último, ni siquiera lo mencionábamos a él sino muy de vez en cuando, casi siempre para insultarle. En cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmada mi sentencia de muerte.

El tema de mi libertad —además del amor— era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando todas las estrategias posibles. En un principio yo me había negado a traducir nuevas cartas, a menos que se me pusiera en libertad; pero entonces me condenaron a pan y agua, y esto, junto con el tormento aún mayor de no leer más cartas de ella, que ya desde entonces me eran indispensables, quebrantó mi voluntad. Propuse, al menos como una condición para rendirme, que la rasurada y el buen vestido y el aseo fueran proporcionados de una manera regular y no únicamente los días de carta, lo cual no solo resultaba impráctico, sino humillante; pero ni aún eso me fue concedido.

Después, mi amada propuso hacer un viaje de visita al presidente y arreglar con él que se me pusiera en libertad (plan que tenía la ventaja de contar con el apoyo decidido de este, quien desde hacía tiempo venía insistiendo muy enérgicamente en ese viaje); pero yo me opuse a él terminantemente, porque ello equivalía a perderla a ella para siempre. Yo le propuse, a mi vez, que viniera otra mujer bellísima, haciéndose pasar por ella ante el presidente y gestionara mi libertad; pero entonces fue ella la que se opuso, alegando que, además de muy expuesto, era difícil encontrar a alguien que se prestara. Otra propuesta de su parte, que estuvo verdaderamente a punto de realizarse, fue la de solicitar una protesta enérgica de parte de mi gobierno y aún una ruptura de relaciones; pero yo le hice ver a tiempo que con semejantes medidas no solo se suspendería inmediatamente nuestra correspondencia, sino que esa ruptura me significaría la pena de muerte en el acto. Yo era más bien partidario de que se mejorasen hasta lo increíble las relaciones —entonces tan lamentables— con mi país. Pero como ella me hizo notar, con mucha razón: “¿Cómo convencer al gobierno sueco de que mejore sus relaciones por el motivo de que tienen a un ciudadano preso injustamente?” Pero la más descabellada ocurrencia fue la que tuvo un abogado amigo suyo, quien se ofreció a conseguir mi extradición alegando que yo era un criminal, no reparando en que el presidente, sin lugar a duda, me mandaría a matar en el momento de saberlo.

Mientras tanto, una nueva preocupación se había venido a agregar a las otras, y era la de ver cómo día a día yo venía siendo más peligroso a los ojos del presidente por el tremendo secreto y todas sus demás confidencias innumerables de que era depositario, con la consiguiente amenaza para mi vida que ello significaba. Es cierto que su amor (cada vez en aumento) constituía mi mayor seguridad, porque él no me mataría mientras necesitara mis servicios; pero esta seguridad me angustiaba por otro lado, porque a causa de esos servicios también era más difícil que me dejara ir. Hasta la misma esperanza que tuve antes de que un compatriota mío acertara a pasar, se había convertido ahora en un nuevo temor por la posibilidad de que leyera alguna carta y se descubriera mi fraude.

Estábamos así, mi amada y yo, ocupados en la preparación de un nuevo plan que demostrara ser más efectivo, cuando de pronto, aquello que más angustiosamente me aterrorizaba y con todas las fuerzas de mi alma había tratado de evitar, llegó a suceder: el presidente dejó de estar enamorado. No fue, para mi desdicha, su desamoramiento gradual, sino súbito, sin que me diera tiempo de prepararme. Sencillamente, las cartas que llegaban ya fueron desde entonces tiradas al canasto y no se me llamó, sino de tarde en tarde, para que leyera alguna que otra —más bien por curiosidad que por otra cosa— haciéndoseme contestarlas en breves y apresuradas líneas para tratar de poner fin al asunto. Toda la desesperación y mortal angustia de mi alma fueron vertidas en esas líneas y en las pocas cartas de ella que aún tuve la suerte de leer al presidente puse a mi vez las más tiernas, las más entrañables y apasionada súplicas de amor que haya proferido mujer alguna; pero con tan poco éxito que aún a veces se me suspendía la lectura a mitad de la carta. Para colmo de desdicha las que ella me escribía eran más que todo de reproche para mí por demorar las contestaciones, y poseída por los celos, se atrevía a poner en duda que todavía estuviera preso, llegando aún a insinuar que tal vez nunca en mi vida había estado preso. La última vez en la que ya ni siquiera se me hizo llegar de etiqueta a la Casa Presidencial, sino que en la propia cárcel me fue dictada por un guardia una ruptura ya completamente definitiva, me hizo saber que ella, mi libertad y todo, había llegado a su fin. Las postreras y desgarradoras palabras para Selma Borjesson fueron escritas.

Se me había dejado aún en mi celda unas cuantas hojas de papel y una pluma, tal vez por si acaso se ofrecía alguna carta más, supongo yo. Si el presidente no me ha mandado a matar, porque me queda agradecido o porque puede necesitarme después si alguna otra enamorada le escribe de Suecia, o sencillamente porque ya se olvidó de mí, yo no lo sé. Ignoro también si mi amada, Selma Borjesson, me ha seguido escribiendo o si ya ella tampoco se acuerda de mí (aún pienso en el absurdo terrible de que tal vez ni siquiera ha existido sino que fue todo tramado por algún enemigo del presidente, debido a una costumbre de pensar absurdos que aquí en la cárcel se me ha desarrollado).

Han transcurrido ya más de cuatro años desde entonces y ya otra vez perdí las esperanzas en la terminación del período del presidente porque este nuevamente se ha reelegido. En vista de lo cual, decidí ocupar la pluma y las pocas hojas de papel que ya no tiene objeto, en relatar mi historia. Escribo en sueco para que el presidente no lo entienda si esto llega a sus manos. En el caso remoto de que algún compatriota mío acierte por casualidad a leer estas páginas, le ruego se acuerde de Eric Hjalmar Ossiannilsson, si aún no me he muerto.

*

NOTA: Un amigo mío que estuvo preso encontró este manuscrito en la cárcel, casi destruido por la humedad, debajo de un ladrillo. Parece haber sido escrito hace ya muchos años. Y años más tarde un representante sueco de la Compañía de Teléfonos Ericksson nos lo tradujo. No hemos podido encontrar ningún dato referente a la persona que lo escribió. Yo he publicado el texto como me ha sido dado, haciéndole obvias correcciones de redacción y de gramática.

Ernesto Cardenal (1925-2020)
Festival del libro centroamericano, 1960

¡Reabrimos!

Desde el miércoles 17 de febrero los esperamos nuevamente en la Biblioteca, Austria 2154, para la entrega y devolución de libros e inscripción de nuevos socios, manteniendo las medidas de distanciamiento social y protocolo que todos conocemos.


La Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte reabre sus puertas al público desde este miércoles, de lunes a viernes de 16 a 20 horas, en Austria 2154. 


De momento, estaremos disponibles para el retiro y devolución de libros. Recuerden que pueden consultar nuestro catálogo on line aquí.


Además, si desea asociarse, estaremos recibiendo nuevas solicitudes en los mismos días y horarios. Consulte aquí los requisitos.


Fiodor Dostoievski. Memoria y presencia

Resulta muy difícil sino imposible tomar distancia afectiva respecto de los relatos de Fiodor Dostoievsky de cuya muerte se cumplieron el 9 de febrero ciento cuarenta años.


En efecto, quien haya recorrido las páginas de la novela Crímen y castigo, se seguirá conmoviendo por la intensidad del relato. La indagatoria acerca de la cuestión de la culpa. La figura de Raslkonikov se torna omnipresente como del personaje de Las memorias del subsuelo o el de Noches blancas.

Otro tanto ocurre con El jugador y sus desventuras o Las memorias de la casa de los muertos en la que Dostoievsky relata su experiencia en prisión. El encarcelamiento del escritor fue la condena por participar de un levantamiento contra la tiranía zarista.

En el pensamiento y en la obra de Dostoievsky confluyen elementos del cristianismo primitivo y del socialismo.

La confrontación entre estas perspectivas se manifiesta en algunas de sus novelas más importantes.

Pionero del existencialismo literario, la indagación psicológica es notoria en los relatos y hasta cuestiones como la epilepsia y ciertos estereotipos de patologías psíquicas.

Las cuestiones éticas y ciertas situaciones dilemáticas emergen en El Idiota y novelas como Los endemoniados.

Magna obra, Los hermanos Karamazov, alcanza las cumbres de la mejor literatura universal con los arquetipos del místico, el psicópata, el nihilista revolucionario enfrentados a las tragedias, las situaciones límites y la fatalidad.

Fiodor Dostoievsky un autor cuya obra es perenne más allá de su vida atormentada.

El gran escritor Coetzee lo retrata en cierta forma en novela El maestro de Petersburgo.

Acercarse a los libros de Dostoievsky es incursionar en un universo singular y apasionante.

Carlos A. Solero
Febrero de 2021

Mañana tendremos otros nombres

de Patricio Pron
(Alfaguara, Buenos Aires, 2019. 280 páginas) 


La novela está escrita con párrafos largos que contienen numerosos vericuetos en su desarrollo. La prosa es bellísima, muy trabajada y trae al lector evocaciones de la obra de William Faulkner. Se nota en Pron su amor por el lenguaje.

Es psicólogo al describir a los personajes, y profundo y sutil en sus opiniones: “…detrás de cada editor, director de periódico, arquitecto estrella (…) había una o dos mujeres brillantes que permanecían en la sombra, por lo general haciendo el trabajo que sus jefes no deseaban y, en realidad, no podían hacer”. El pensamiento que fluye de la narración está muy conectado con los movimientos femeninos que combaten la ideología del llamado patriarcado.

Una pareja que lleva cinco años viviendo en Madrid decide separarse por iniciativa de ella, pero es incapaz de explicar el motivo de su determinación. A partir de esta separación incomprensible Pron bucea en cómo se dan contemporáneamente las relaciones afectivas. Y adquiere particular importancia los vínculos efímeros que surgen a través de las aplicaciones para citas de internet. Éstas “apuntaban a una concepción de las personas como mercancías y de la experiencia amorosa como un intercambio de servicios…” Aquí los personajes no tienen ningún tipo de inhibiciones ante el sexo: es algo que surge espontáneamente. Asimismo aporta una suerte de debate sobre las dudas que asaltan a las parejas sobre la decisión de tener o no hijos e incursiona en la árida temática de las llamadas relaciones amorosas ampliadas o abiertas, que también proponen una serie de modificaciones en los amoblamientos y en la distribución de las habitaciones de las viviendas.

Mañana tendremos otros nombres participa del tempo de la lentitud, como un ralentí literario imperceptible que fluye con naturalidad.

Además, el libro aporta una información interesante sobre el parasitismo de ciertos insectos.

Indaga también en la problemática de la convivencia entre los seres humanos y la peculiar y variada formación y disolución de las parejas: “la presunción de que la idea de amor romántico no se ajustaba a la realidad de su plasmación, y que era ese desajuste entre las expectativas y la realidad lo que hacía a las personas escribir novelas de amor y canciones”.

Patricio Pron es un escritor argentino (Rosario, 1975) que reside en Madrid. Por la novela que se comenta recibió el Premio Alfaguara 2019. Escribió seis libros de relatos y ocho novelas –entre ellas El comienzo de la primavera, 2008 (Premio Jaén) –. También es autor de una novela para niños y de un ensayo. Recibió el Premio Juan Rulfo de Relato 2004, fue traducido a doce idiomas, y en 2010 la revista inglesa Granta lo eligió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. Recibió el título de doctor en Filología Románica en una universidad alemana.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.

El terror como protagonista

La refundación del género en la literatura argentina gana adeptos y cosecha premios. Las obras de Mariana Enríquez, Marcelo Luján, Samanta Schweblin o Luciano Lamberti exploran caminos alejados de lo sobrenatural y próximos a la realidad cotidiana. Priman los formatos híbridos.


Los premios a Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez y La claridad, de Marcelo Luján, sumado a la reciente decisión del Fondo Nacional de las Artes de incluirlo como uno de los tres únicos géneros que se admitirán en la próxima edición de su certamen de letras, parecen otorgar al terror una centralidad inesperada en la literatura argentina, posición que venía tomando cuerpo a partir de tramas contemporáneas que captan la extrañeza de la vida cotidiana, insinúan las ambigüedades de la realidad y humanizan lo monstruoso.

La potencia actual del terror viene de la mano de otros elementos. Entre ellos, la renovación que habilita el maridaje con otros géneros como la ciencia ficción o la novela negra; el desplazamiento hacia nuevos escenarios que se apartan de los fantasmas, las casas embrujadas o los pueblos poseídos, y su apertura hacia temas que habitualmente capitalizaba el realismo.

Hay en la literatura argentina una discontinua tradición de relatos anclados en un género que tendió a ocupar un lugar de marginalidad. Esto pese a que lo retomaron episódicamente autores como Antonio Di Benedetto, Abelardo Castillo, Ana María Shua y Horacio Quiroga, que legó dos exponentes notables, como "El almohadón de plumas" -la historia de una mujer que languidece por un pequeño monstruo que habita en su almohada- o "La gallina degollada", relato de los hermanos con retraso madurativo que asesinan a la hermana lozana e inteligente.

A diferencia de esos hitos indudables, en los últimos tiempos el terror tomó envión en la escena literaria en torno a narradores que casi en simultáneo lo alojan en sus tramas. Esos ejemplos van desde lo siniestro cuidadosamente administrado en Distancia de rescate de Samanta Schweblin, hasta los abordajes más totalizantes de Diego Muzzio en Las esferas invisibles, de Luciano Lamberti en La masacre de Kruguer, o de Mariana Enríquez en Las que cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama.

El giro
Esta refundación del terror desde una imaginería más próxima al registro realista que al regodeo sobrenatural suma adeptos entre los lectores y capta el interés de los jurados de premios, que se inclinaron por dar el triunfo a obras que sobrevuelan este género: Nuestra parte de noche, de Enríquez, se quedó con el prestigioso Premio Herralde -al que se sumó hace unas semanas el Celsius, otorgado en el marco de la Semana Negra de Gijón-, mientras que el Premio Ribera del Duero recayó en el argentino Marcelo Luján por su volumen de relatos La claridad. Un par de años antes, Distancia de rescate resultó ganadora del Premio Tigre Juan y del Premio Shirley Jackson, pero además fue nominada al prestigioso Premio Man Booker.

"Los recursos del terror clásico son maravillosos para aplicarlos a cualquier historia de ficción. Pero el terror moderno tiene la particularidad de intentar modificar y revolverlos -explicó Luján a la agencia Télam-. Esto se está observando mucho en el audiovisual: desde el punto de vista narrativo, ¿qué diferencia hay entre los zombis de The Walking Dead y los zombis de esa serie francesa extraordinaria que es Les Revenants?".

"La diferencia es abismal, y no sólo por la apariencia física: porque a los segundos se los está humanizando por completo -distinguió-. Son renacidos que tienen problemas humanos. Entonces, a todos los efectos, son humanos. Y si son humanos el componente fantástico queda en un segundo plano y la lectura de la historia se instala, increíblemente, en el naturalismo. El muerto que vuelve a la vida y no tiene casa porque sus hijos la vendieron y ya se repartieron la herencia, es un problema del todo humano. Deberíamos empezar a diferenciar estas cuestiones, deberíamos saber leer estos conceptos del "antimonstruo" o del "antifantasma".

¿Habilita el terror experiencias infrecuentes para los que escriben ficción, inquietudes que el realismo tal vez restringe? "Todo eso -sostuvo Lamberti-. Aunque supongo que en mi caso escribo terror, fantástico o ciencia ficción (tengo cuentos que pueden pensarse en cada uno de esos géneros) porque también me da la posibilidad de experimentar algo que sucede solo en el ámbito de lo literario, que es una imitación artificial de lo real. Es una búsqueda casi religiosa".

"¿Por qué veo y leo y escribo terror? -inquirió- Supongo que frente a una realidad donde la experiencia se escatima cada vez más, donde vivimos flotando en el líquido amniótico de Internet, una experiencia fuerte, intensa, es un bien muy preciado. Además: es divertido", agregó el autor de La casa de los eucaliptos y La maestra rural.

El escritor y editor Ricardo Romero, que en su novela El conserje y la eternidad toma recursos del género para formular la historia de un personaje monstruoso que patrulla los corredores de un edificio en tres momentos cruciales de la historia argentina, indica que el terror, al igual que lo fantástico o la ciencia ficción, antes que nada le interesan "como lector, como espectador".

"Y eso hace que inevitablemente atraviesen de una u otra forma mi escritura. Si se quiere es una cuestión de cómo está calibrada mi sensibilidad, porque va más allá de los imaginarios y temas, que es una primera instancia, pero no necesariamente la única. Es una forma de relacionarme con el mundo, de experimentar el mundo", apuntó.

"El elemento fundamental, creo, sigue siendo lo desconocido -postuló-. Lovecraft en ese sentido es completamente contemporáneo: el terror cósmico, inasible, amorfo, que pone en perspectiva nuestra insignificancia. En ese sentido, El innombrable, de Beckett, es una extraordinaria novela si no de terror, al menos terrorífica. A veces eso desconocido se articula dentro de la temática, del argumento, pero muchas veces está en el clima, en la articulación poética, incluso en la sintaxis".

Muchos de los autores que transitan hoy el terror lo hacen a través de formatos híbridos que no necesariamente los inscriben de lleno como cultores del terror, pese a que apelan a algunos de sus arquetipos -vampiros, zombis, mutantes o payasos sinestros-, y al viejo tópico de que las cosas no son lo que parecen, renovado en historias donde lo inquietante está asociado a la depresión, el maltrato familiar, la violencia contra las mujeres o el abuso de drogas.

Lamberti advierte que el terror puede irrumpir en textos que a priori no fueron pensados bajo los protocolos del terror. "Hay ciertos climas de Saer, por ejemplo, que son terroríficos: su descripción de lo rural como de una zona llena de amenazas (pienso, por ejemplo, en novelas como El limonero real y Nadie nada nunca) generan atmósferas muy inquietantes y perturbadoras. El terror, como cualquier género, es amplio, y suele contagiar a escritores que no soñarían con escribir género".

Luján confía en el criterio de los lectores. "No sé qué elementos convierten a un texto de ficción en un cuento de terror porque eso me gusta que lo exprese y sienta el lector -confesó-. Evidentemente, si en la primera página de un cuento confirmamos la presencia de un fantasma, de un zombi, de un vampiro, el relato querrá escorarse hacia el terror. Pero no es excluyente. Y ahí entra en juego la humanización de ese ser, en principio, extraordinario".

Diario La Prensa
9 de agosto de 2020

Bunbury, Platón

El músico español basó su último video en el mito de la caverna.

"La gran estafa" es el último video de Enrique Bunbury, nuevo corte de su disco "Curso de levitación intensivo", publicado en diciembre de 2020.

Según el músico y su director, Sergio Abuja, el clip "es una interpretación contemporánea de la alegoría de la caverna de Platón". 

Simone Weil, el cuerpo y las palabras

El 3 de febrero de 1909 nació en París Simone Weil. Filósofa, militante social, combatiente antifascista.


Más que las palabras que fueron cruciales en su existencia de pensadoras lo que la define mejor es su accionar.

Simone Weil experimentó a largo de su vida una serie de “conversiones”, es decir cambios que iban profundizando su compromiso social dejando de lado posturas metafísicas, afirmándose en una actitud existencialista, agonista del presente al decir de Albert Camus.

En efecto, perteneciendo a una clase acomoda se proletarizó y su testimonio el libro La condición obrera da cuenta de la experiencia padeciendo la explotación y la alienación que provoca el capitalismo.

Las obras de S. Weil se publicaron de manera póstuma y son una interpretación singular del materialismo histórico de la noción de religión como vínculo vital con la naturaleza y el cosmos. Esto significó su replanteo respecto de la lucha de clases tomando partido e involucrándose con las oprimidas y oprimidos de toda latitud.

Cabe recordar que Simone Weil participó no sólo en la Guerra Civil Española sino también en la revolución social Libertaria ibérica como miliciana anarquista de la columna Durruti.

El pensamiento de Simone Weil es complejo e incita a una profunda reflexión sobre la condición humana.

Vivió en carne propia la barbarie del antisemitismo y las persecuciones. Nada de eso la hizo claudicar de sus profundas convicciones humanistas.

Su vida, que se apagó en 1943 fue todo un acto de solidaridad y altruismo, convencida que la única senda hacia la emancipación es la lucha colectiva y solidaria.

Carlos A. Solero
Miércoles 3 de febrero de 2021

La lluvia


Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Jorge Luis Borges

Foto: Joseph Sudek

Sin teléfono

Tras un año sin servicio, y ante la manifiesta incapacidad de la empresa Telecom / Personal de solucionar el problema ocasionado "en la vía pública" luego de innumerables reclamos, informamos que la Biblioteca ha dado de baja su línea telefónica.



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Carlos Sánchez Viamonte

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Viaje a Escandinavia

Mis nietos de invierno
por Paula Winkler
(Vinciguerra, Buenos Aires, 2020, 136 páginas)


En principio parecería que se trata de un libro autobiográfico de viajes ya que la narradora es escritora y jurista, lo mismo que Paula Winkler. Sin embargo, en Viaje a Escandinavia aparece nombrada como Teresa. Ésta, además, cita como suyo un texto de la autora: Fantasmas en la balanza de la Justicia

Pero en la narración no solo se viaja, sino que surge un rico abanico temático que medita sobre los meandros inasibles de la conciencia humana. 

Su pensamiento es original y polémico al comparar nuestro mundo subdesarrollado con aquel que ha alcanzado al parecer su máximo esplendor. Así, es muy crítica del diseño arbitrario e irregular de la ciudad de Buenos Aires, pero cuestiona los mitos que alimentamos los argentinos sobre las bondades de los extranjeros. Afirma que nuestro desconocimiento más que por la ignorancia pasa por la ingenuidad: “…me han hecho creer que los escandinavos se suicidan mientras los argentinos saboreamos el tradicional asado…” 

Más allá que Winkler es cuestionadora, jamás abandona el tono humorístico y juguetón –también irónico– que campea en su ágil escritura. 

Hay en el libro perlas sueltas que aparecen inesperadamente para embellecer sus inteligentes comentarios. Así, mientras ella y su esposo Raúl visitan Copenhaghe, evoca su lograda y emotiva poesía «El hombre triste». 

Winkler prueba ser una ávida lectora y se encuentran numerosas citas culturales –varias de origen alemán como la familia de la que ella proviene y que le permitió comprobar cómo padecieron sus parientes la condición de migrantes–. Es factible que se tenga que acudir no pocas veces al diccionario para identificar sus numerosas referencias. También se citan películas, sobre todo de Ingmar Bergman. 

Constantemente reflexiona sobre todo lo que observa y, a la vez, acerca del matrimonio y de sí misma, que anhela combinar la realidad con su imaginación (“hay musas que no portan reloj y la mía se aparecía en cualquier parte…”). Un análisis especial le da al comportamiento de su hija Carla María, que luego de emigrar a Estados Unidos, fracasando en sus objetivos, próximamente elegirá Suecia como residencia. E intenta dar una imagen profunda de su propio perfil sosteniendo con cierto escepticismo: “Todas las historias personales se inician con los grandes sueños de la infancia, que se defienden a capa y espada en la juventud primera y terminan derruidos en la mediocre madurez que los aplasta sin piedad después”. 

El capítulo dedicado al palacio de Amelienborg ofrece una minuciosa descripción. También pasea por el Tívoli, un parque de diversiones que le trae recuerdos del desaparecido Italpark. 

Luego se dirige a Suecia, país que tiene el don de perturbarla a partir de su idioma. Y pontifica: “Su único enemigo, el clima; su aliado el deber-ser como forma de vida en una suerte de devoción repetida…”. Y lo cuestiona políticamente: “La idea de un Estado benefactor que aseguraba los servicios esenciales a la vieja usanza liberal, aunque a costa de un sujeto planificado…” Y afirma que Estocolmo es una ciudad aburrida. Aunque no omite mencionar la pobreza que abunda en la Argentina. 

Y, finalmente, no podía faltar la nota trágica con la muerte de un ser querido. Un final circular para una novela apasionante. 

Paula Winkler (Buenos Aires) es escritora. Figuran en su producción las novelas El marido americano, Fantasmas en la balanza de la Justicia y La avenida del poder, el libro de poesía Los Muros y los Cuentos perversos y poemas desesperados. Se destacó, además, en Derecho, siendo nombrada Jurista Notable por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, y es Magister en Ciencias de la Educación. 

Germán Cáceres