Del glamour a la ciénaga

de Marita Rodríguez-Cazaux
(Editorial Dunken, Buenos Aires, 2013, 152 páginas)


Una escritura musical y concisa, disparadora de bellas imágenes, caracteriza a esta colección de veintiséis cuentos. Como opina Federico von Baumbach en la contratapa: “La sensibilidad de la prosa de Marita Rodríguez Cazaux rodea la creatividad mágica del aura del instante, de lo diferente, lo distinto…”

El primer cuento es “El glamour” y se refiere a la tan humana aspiración de seguir viviendo después de la muerte, a la vez que se percibe en el amor un sentido caprichoso, inesperado y traicionero. El último, “La ciénaga”, en cambio, señala cómo la envidia puede desembocar en una venganza implacable.

Hay audacia en “Reggio Parnaso”, que propone una historia casi naturalista en la cual un padre rudo y machista impide a los golpes que su hijo se asuma como artista plástico.

Una clave importante en la narrativa de la autora es el intercambio entre realidad y ficción y cómo esta última termina apoderándose de la primera. En “Ella era todas las mujeres”, un joven empleado de un estudio de abogados, antes de vivir la rutina aplastante de su trabajo, prefiere dejar atrás el mundo real e ingresar al reino de la fantasía: “Era mía. Aún antes de haber existido para otros, aún después de haber amado a muchos. Yo era el dueño de aquel temblor imperceptible que me pertenecía, sin haber pertenecido a nadie”. Lo mismo ocurre en “Una vieja foto” y en “Diciembre milagroso”, relatos en los que sueños y deseos parecen concretarse. “El héroe encubierto” señala la yuxtaposición de identidades, “El espíritu de la botella” presenta a un personaje que vampiriza a otro, mientras en “El espejo de los charcos” se impone una idealización propia de los cuentos de hadas.

Rodríguez-Cazaux también apela a los climas sugestivos. “Pedime la luna” obliga a hilvanar una historia que solamente está insinuada. “El tapado de mezclilla” genera una cuota de suspenso ante el inminente desenlace y “Avíseme antes” se revela como un sentido homenaje a la figura de Jorge Luis Borges.

La introspección de los personajes se destaca en “Página 23, quinto renglón”, donde una mujer casada y desilusionada sueña con el deseo en tanto se ocupa de sus quehaceres domésticos (“…cerrada al paisaje de ese oleaje arrebatado, consumiéndose en la impotencia que replegó el deseo, la pasión había resbalado por nuestros cuerpos…”). Por el contrario, la sensualidad del placer prohibido surge con fuerza en “Secretos”.

Resulta palpable el espíritu de la galleguidad que la narradora lleva en sus entrañas, no sólo en las frases de ese idioma que emplea constantemente -incluso en el título del cuento ”O tempo noque forámos rapaces”- sino por el aliento emotivo que anida en su obra.

El libro también se ocupa de la temática rural, zona cuyas costumbres y hábitos la narradora da pruebas de conocer: “Las aguas” y “El Santo” enfocan a campesinos agobiados por fuertes tormentas descritas con sumo verismo.

Hay varios cuentos con finales sorpresivos, de los cuales “El glamour” forma parte, además de “Propina”, “A media sombra”, “Vedette” y “Coronada”. Otros, como “La geografía del espanto”, asumen el humor, el cual se canaliza hacia el candor en “Las dos pinturitas”. Tampoco falta el costado trágico: “Apenas Casandra” refiere cómo una persona despreciada es capaz de hacerse valer con el filo de un cuchillo y “La peor traición” muestra que el afán poético puede conducir a la máxima desesperación. En “Por un graffiti” emerge el sentimiento solidario acompañado por un soplo romántico.

Del glamour a la ciénaga brinda un material narrativo amplio, de exquisita calidad literaria. Un libro que colmará de placer al lector.

Germán Cáceres

Último encuentro del CEP

El lunes 2 de diciembre a las 10 horas se llevará a cabo el décimo y último encuentro del año del Centro de Estudios Poeticos "Alétheia" en la Biblioteca, Austria 2154. La lectura quedará a cargo de Graciela Maturo, y el tema será "La decadencia de Occidente en el kairós del siglo XXI".


El desierto y su semilla

de Jorge Barón Biza
(Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2013, 224 páginas)


En su ilustrativo prólogo, Nora Avaro se pregunta: “¿qué pasó?, ¿por qué pasó? Y, sobre todo, ¿cómo ha podido pasar?”.

En la familia de Raúl Barón Biza se produjeron cuatro suicidios: él era un millonario bon vivant argentino, que se casó en Venecia con la actriz suiza Myriam Stefford. Cuando la pareja se radicó en la Argentina, ella se volcó apasionadamente a la aviación hasta que, en 1931, murió a los 26 años en un accidente al caer su avión en San Juan. El viudo en su honor construyó un mausoleo de 82 m de altura en la ruta provincial 5 de la Provincia de Córdoba.

Posteriormente, en 1935, Raúl contrajo matrimonio con Clotilde Sabattini, prestigiosa educadora –que escribió el primer Estatuto del Docente-, veinte años menor que él e hija del caudillo radical cordobés Amadeo Sabattini. Fue un matrimonio conflictivo y, en 1964, decidieron separarse y concurrieron con sus abogados al departamento que Barón Biza tenía en Buenos Aires, y, en forma inesperada, él arrojó un vaso con ácido a la cara de Clotilde, desfigurándola; luego fue hasta su dormitorio, tomó whisky y, por último, se disparó un tiro en la sien.

Y en este punto preciso, con los nombres cambiados, comienza la novela, es decir el relato de los esfuerzos que realizó Eligia (Clotide) para intentar recomponer sus facciones. Su hijo Mario (Jorge Barón Biza, 1942-2001) la acompañó tanto en su convalecencia en Buenos Aires como en su posterior traslado a una clínica de Milán. El tratamiento al que se sometió en la ciudad italiana fue escalofriante: “la piel del brazo que se empleó para reconstruir el párpado derecho se empleó incorrectamente. (…) Ahora los vellos están creciendo del lado interno del párpado (…) todo lo que hace falta es, cada diez o quince días, dar vuelta el párpado con la mano, y con una pinza arrancar los pelitos que empiezan a nacer”.

Jorge Barón Biza se demora en la descripción de un rostro desfigurado que se corrompía a medida que la herida del ácido continuaba con sus efectos devastadores (en el prólogo, Nora Avaro comenta que el autor escribió que “la novela es obviamente autobiográfica pero no es confesional”). Su apelación a colores y connotaciones pictóricas puede resultar morbosa, ya que parecía estar fascinado con la nueva imagen de su madre: “Como las zonas de color se escondían en las cavernas que abrían los médicos, estudiaba de cerca los abismos de la mejillas para observar su evolución y desear que de esas miradas rebrotase la armonía”. La suya es una meditación profunda (“la idea de que el mal no era un tema al alcance de la voluntad”), que se sumerge en los precipicios de la locura. Así, su sensibilidad se inclina hacia el horror, la desesperación y la certeza de su propio destino (se suicidó en la ciudad de Córdoba en 2001; Eligia, en 1978, se había tirado por una ventana del departamento del que fue su marido).

La de Jorge Barón Biza es una prosa magnífica, clara y segura, de exquisito equilibrio: poseía un don especial para la descripción precisa, que se muestra tanto cuando detalla las caras de los personajes –incluso los secundarios- como los paisajes. Su barroca y exuberante reseña de un cuadro, “El jurisconsulto”, de esa rareza renacentista de la pintura que fue Arcimboldi (1527-1593), es asombrosa. El cuerpo desnudo de Dina, su amiga prostituta de Milán, está descrito en todos sus matices, volúmenes, rasgos y tensiones de piel. Mario, que durante su estada en Italia cayó en la pasividad, la vagancia y un alcoholismo avanzado, había empezado a dar muestras de una crueldad similar a la de su padre.

Un meritorio emprendimiento de Eterna Cadencia Editores es este rescate de la única novela -se había editado en 1998- de Jorge Barón Biza, de quien póstumamente, en 2010, se publicó Por dentro todo está permitido, una colección de sus trabajos periodísticos.

Germán Cáceres

"Los santos inocentes" en el Cineclub La Rosa

Segunda y última función del ciclo dedicado a Mario Camus con Los santos inocentes, una mirada a la posguerra española desde la novela de Miguel Delibes. Se verá el miércoles 27 de noviembre a las 20:30 horas en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria.


Miércoles 27 de noviembre - 20:30 horas
LOS SANTOS INOCENTES
(Idem, España, 1984, color, 107 minutos)
Dirección: Mario Camus.
Producción: Julián Mateos.
Guión: Mario Camus, Antonio Larreta y Manuel Matji, sobre la novela de Miguel Delibes.
Dirección de Fotografía: Hans Burmann.
Montaje: José María Biurrún.
Música: Antón García Abril.
Dirección de arte: Rafael Palmero.
Elenco: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Juan Diego, Terele Pávez, Belén Ballesteros, Juan Sachez, Ágata Lys, Agustín González, Manuel Zarzo, Mari Carrillo y José Guardiola.


Paco (Alfredo Landa) y Régula (Terele Pávez) forman, junto a sus tres hijos, una familia de campesinos a las órdenes de los señores del cortijo que aguantan toda clase de órdenes y humillaciones sin queja alguna. Un día se presenta Azarías (Paco Rabal), el hermano deficiente mental de Régula, pues ha sido despedido del cortijo en el que él trabajaba y decide unirse a la familia de su hermana para trabajar.

Ahora, deberán hacer frente a todas las penurias típicas de la época juntos en una vida de renuncia, sacrificio y obediencia cuyo destino parece estar marcado, a no ser que algún acontecimiento imprevisto les permita romper sus cadenas.

Basada en la novela de Miguel Delibes, que gracias al éxito del film fue también un suceso más allá del ámbito académico al que parecía estar destinada.

En el Festival de Cannes obtuvo los premio al Mejor Actor (ex aequo) entre Paco Rabal y Alfredo Landa y una Mención Especial del Jurado Ecuménico.

Más información: Cineclub La Rosa.

Germán Cáceres, Académico de AALIJ

Germán Cáceres, autor de numerosos libros infantiles y juveniles, ha ingresado como Miembro de Número a la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil. ¡Enhorabuena!


El maestro de cine

Reproducimos la entrevista a José Martínez Suárez publicada hoy en La Nación a propósito del comienzo del 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, con la satisfacción de que Josecito sea Socio Honorario de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte y el haber podido realizar este año un ciclo dedicado a todos sus largometrajes.


José Martínez Suárez recorre su infancia junto a las hermanas Legrand, su influencia en el Nuevo Cine Argentino y su labor al frente del Festival de Mar del Plata, que comienza hoy.

Por Hugo Beccacece | Para LA NACION

Es como si uno hablara con Funes, el memorioso, o con Wikipedia. José Martínez Suárez ("Josecito", como todos lo llaman) es un testigo excepcional de la cultura argentina y uno de los cineastas más importantes de la generación de 1960, que cambió la estética y la forma de producir en la Argentina, pero, a la vez, el espíritu de sus films (El crack, Dar la cara, Los chantas, Los muchachos de antes no usaban arsénico, Noches sin lunes ni soles) se entronca con la mejor tradición de la época dorada de la cinematografía local. Su influencia se extiende hasta la actualidad por medio de sus películas y de quienes fueron discípulos de su taller (los directores Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Gustavo Taretto, el ensayista David Oubiña). En 2008, cuando lo nombraron presidente del Festival Internacional de Mar del Plata, dejó de dar clases para dedicarse por completo a la nueva tarea. "Dirigirlo es el mejor trabajo de mi vida porque es el más difícil. El festival debe ser una fiesta para todos. Este año, recibimos 2500 películas y seleccionamos más de 400. En la muestra oficial, hay 16, dos son argentinas, La laguna yFantasmas de la ruta." El prestigio que recuperó el festival, cuya 28° edición se inaugura esta noche, es el producto de su conocimiento, energía e imaginación.

Martínez Suárez siempre fue curioso. Todo le interesa, pero hay dos cosas que prefiere: leer y ver cine. Su autor predilecto es Jorge Luis Borges, pero no deja de mencionar a Graham Greene, Somerset Maugham, Raymond Chandler, y a una serie de autores húngaros que no son Sándor Márai. La literatura centroeuropea es una de sus debilidades. Hace unas semanas, se publicó Estoy hecho de cine, un libro de conversaciones de Martínez Suárez con Mario Gallina, que detalla las peripecias de una vida marcada por la vocación.

- La historia de su niñez y de la de sus hermanas, Mirtha y Silvia Legrand, tiene cierto parecido con Bellísima, la película de Luchino Visconti en la que una madre [Anna Magnani] lucha para convertir en estrella a su pequeña hija.
- Hay algo de eso. Mi madre hizo que estudiáramos de todo. En Rosario, yo estaba pupilo en el Colegio del Sagrado Corazón; mis hermanas, medio pupilas en el María Auxiliadora. Además, en forma privada nos enseñaban piano, inglés, francés, zapateo americano. Mis hermanas, ya en Buenos Aires, iban a tomar clases de baile con Lida Martinoli, la primera bailarina del Colón.

- Usted, pupilo de un colegio religioso, ¿cómo se convirtió en un agnóstico?
- Porque fui a un colegio religioso. [Se ríe] Nací pared por medio del cine de la Sociedad Italiana de Villa Cañás. Mi ámbito de juegos y de fantasías era el cine. Cuando "Chiquita" y "Goldie" empezaron a hacer películas, yo me convertí en el hermano más sumiso del planeta, el que siempre estaba vestido para acompañarlas, porque el acompañamiento significaba entrar en los estudios de Argentina Sono Films, San Miguel, Lumiton, Río de la Plata. En Lumiton, ayudaba un poco en todo. Un día, me llamaron de la administración. Me dieron un sobre con sesenta pesos. Me habían tomado. Con el tiempo, fui asistente de Vatteone, Lugones, Christensen, Tinayre, Borcosque, Cahen Salaverry, Demare, Torre Nilsson, qué sé yo...

- Su primera película, El crack, es de 1960. ¿Cómo llegó a la dirección?
- En 1959, los productores se dieron cuenta de que estaban pagando mucho a hombres que se limitaban a decir "Cámara" y "Corten". Apareció un grupo más joven: Manuel Antín, Osías Wilenski, Rodolfo Kuhn, Ricardo Alventosa, Enrique Dawi, Fernando Birri, David José Kohon. En esa camada, "la generación del 60", había un grupo que seguía a la nouvelle vague francesa, y otro, del que yo era parte muy activa, que estaba más cerca del neorrealismo italiano. A mí me interesaban Rossellini, De Sica, el Fellini del comienzo, Pietro Germi, Luigi Zampa, no tanto Antonioni, no tanto Visconti.

Las películas de Martínez Suárez son corales, salvo Noches sin lunas ni soles, un policial negro en el que el protagonista es claramente Alberto de Mendoza, y todos esos films, menos Los muchachos de antes no usaban arsénico, retratan o denuncian una situación social. El crack muestra la mafia que se mueve alrededor de los jóvenes deportistas. Dar la cara, con libro de David Viñas, refleja la agitación de los jóvenes de la década de 1960, que, terminado el servicio militar, deben ocupar un lugar en el mundo. Es un notable fresco social en el que se enfrentan los estudiantes de derecha (Héctor Pellegrini) y los de la izquierda nacionalista (Luis Medina Castro), los ricos aspirantes a productores de cine de vanguardia (Pablo Moret) y los trabajadores humildes y populares (Leonardo Favio). Los muchachos de antes no usaban arsénico, en cambio, es un raro y valioso ejemplo de humor negro en el cine argentino.

- Usted siempre dijo que una clave importante de su obra es la amistad. Pero también hay otra constante: todas esas historias terminan en fracaso.
- Tengo una respuesta. Un día, en mi pueblo, cuando terminó una película con el beso del muchacho a la muchacha, cuando todo el mundo sonreía, le pregunté a mi mamá: "Y a él, al día siguiente, ¿no le pueden doler las muelas?" Tenía ocho años. Otra anécdota: mucho después de hacer Dar la cara, cada tanto, nos encontrábamos con David Viñas a tomar un café. Un día, fantaseamos con hacer la continuación de aquella película: Pablo Moret, el que había querido ser productor de cine de vanguardia, producía películas pornográficas; Medina Castro, el izquierdista, trabajaba para compañías multinacionales; Leonardo Favio heredaba el quiosco de su padre, recogía el dinero y después se iba a jugarlo a las carreras de caballos.

- La música tiene un papel muy importante en sus producciones. Tuvo a Astor Piazzolla en El crack y al "Gato" Barbieri en Dar la cara.
- A Piazzolla le hablé en las escalinatas de Alex para pedirle una composición: Tzigane Tango. En Dar la cara, lo llamé al "Gato" Barbieri. En las otras películas, trabajé con Tito Ribero. Soy un apasionado de Nino Rota. Como aprendí música, trabajé muy cerca de Tito. Me gusta tener un solo tema en mis films, con distintos desarrollos: el dramático, el humorístico, el tenebroso. Nos costó bastante dar con el tema de Los muchachos de antes no usaban arsénico. Es un ritornello. En la película, hay muchos guiños. En un momento, el personaje de Mario Soffici dice: "¿Cómo se llamaba ese muchacho que trabajaba en la película de Soffici?" Es el cine dentro del cine. Siempre hay algo así en mis films. Para que el espectador se pregunte cuál es la realidad y cuál la ficción.


- Usted es un gran admirador de Borges. ¿Nunca pensó en adaptar uno de sus cuentos o en hacer un relato biográfico?
- Espere un momento [se levanta del sillón, va a la biblioteca y toma un DVD]. Esto no lo filmé yo, lo filmaron mis alumnos. Es un corto de ocho minutos. Lo podemos ver, si no lo retraso.

En el televisor de Martínez Suárez se oye la hermosa voz de María Concepción César que dice fragmentos de Atlas, de Borges y María Kodama. Los nombres de ciudades y países remotos se suceden; en la pantalla, sólo se ven sombras, manchas de colores, sobre todo amarillas y rojas. Continúa Martínez Suárez: "Quise que el espectador se sintiera incómodo por esas manchas, por tanta incógnita. Hasta que al final, el espectador debe pedir disculpas por esa incomodidad. Lo que está viendo son las manchas que podía ver Borges. Ahora me interesa una obra de Mario Diament, Cita a ciegas, inspirada en Borges. Me gustaría filmarla. Hasta hice una adaptación. Es un proyecto. ¿Cómo se puede vivir sin proyectos?".

Publicación especial
En la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, con motivo del ciclo "José Martínez Suárez: un hombre hecho de cine", editamos un cuadernillo con los aportes de artículos exclusivos para el ciclo de Mario Gallina y Rafael Valles, además del propio Martínez Suárez. Aún quedan ejemplares que pueden retirarse los días de función.

Mario Camus y la posguerra española

En noviembre el Cineclub La Rosa programa dos películas en las que Mario Camus, basándose en novelas de Camilo José Cela y Miguel Delibes, retrata el franquismo y las consecuencias de la Guerra Civil Española. Será, como siempre, con entrada libre y colaboración voluntaria, en Austria 2154.


La Guerra Civil Española (1936-1939), escenario de pruebas de la II Guerra Mundial e hito histórico del Siglo XX, marcó a fuego no sólo a la generación que la vivió, sino que continuaron sus consecuencias a lo largo de décadas de dictadura franquista. El cine español ha dado obras maestras a partir de estos hechos. Desde los sainetes cargados de humor negro de Luis García Berlanga (Plácido, El verdugo, La vaquilla, que hemos proyectado en el Cineclub), o las películas sociales de Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista, Calle Mayor), casi todas las generaciones posteriores han vuelto su mirada hacia la realidad sociocultural de aquel momento.

Mario Camus (Santander el 20 de abril de 1935) pertenece a la generación del Nuevo Cine Español, y es uno de quienes mejor supo narrar esas historias de la posguerra a través de las novelas de dos eximios escritores como Camilo José Cela y Miguel Delibes.

Ganador del Oso de oro en el Festival de cine de Berlín en 1983 por La Colmena. En 1984 en el Festival Internacional de cine de Cannes gana la mención especial del jurado ecuménico por Los santos inocentes, una de las películas españolas más conocidas por los espectadores. Por estas dos películas gana un gran reconocimiento como cineasta a nivel internacional como nacional. Fue galardonado con el Goya de Honor de la Academia española en 2011.


Miércoles 13 de noviembre - 20:30 horas
LA COLMENA
(Idem, España, 1982, color, 105 minutos)
Dirección: Mario Camus.
Elenco: José Sacristán, Victoria Abril, Luis Escobar, Charo López, Ana Belén, Fiorella Faltoyano, Concha Velasco, José Luis López Vázquez, Francisco Rabal, José Sazatornil, Antonio Resines, Francisco Algora, Mary Carrillo, Emilio Gutiérrez Caba, Elvira Quintillá, Luis Ciges, Imanol Arias, Agustín González, María Luisa Ponte y Camilo José Cela.

Camilo José Cela escribe en el prólogo a la primera edición de su novela: "La Colmena no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad (...) no aspira a ser más que un trozo de vida narrado sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive -en nosotros o fuera de nosotros-; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios (...) Su acción discurre en Madrid -en 1942- y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices, y a veces, no". Ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín.


Miércoles 27 de noviembre - 20:30 horas
LOS SANTOS INOCENTES
(Idem, España, 1984, color, 107 minutos)
Dirección: Mario Camus.
Elenco: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Juan Diego, Terele Pávez, Belén Ballesteros, Juan Sachez, Ágata Lys, Agustín González, Manuel Zarzo, Mari Carrillo y José Guardiola.

España franquista. Durante la década de los sesenta, una familia de campesinos vive miserablemente en un cortijo extremeño bajo la férula del terrateniente. Su vida es renuncia, sacrificio y obediencia. Su destino está marcado, a no ser que algún acontecimiento imprevisto les permita romper sus cadenas. Basada en la novela de Miguel Delibes. Premio al Mejor Actor compartido entre Paco Rabal y Alfredo Landa en el Festival de Cannes.

Más información: www.cineclublarosa.blogspot.com

Isla de los muertos (Dos versiones para una historia)

Dibujos: Rodolfo Aedo / Guión: Cristóbal Florín
Diseñadores gráficos: Alejandro Sottolichio Leighton y Alejandro Jarpa (Basado en el cuento “Dos versiones para una historia”, de Félix Elías Pérez)
(Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Región del Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile, 2013, 128 páginas)


En 1906 ocurrió la tragedia de Bajo Pisagua, en la Región del Aysén, Chile. La Compañía Explotadora del Baker, que había montado un establecimiento para hacheros, empezó a dar señales de un próximo e inevitable quebranto. En consecuencia, comenzaron a producirse demoras en el pago de salarios y en la entrega de víveres y medicamentos para los obreros. Finalmente, se instaló el hambre, que sólo podía remediar la llegada de un buque con provisiones. Pero una tormenta en el mar demoró su arribo y, luego, el terremoto que devastó Valparaíso motivó que cambiara de rumbo para socorrer a las víctimas de esa ciudad. Según versiones, que recogió en su cuento Félix Elías Pérez, cuando llegó otra nave con ayuda alimenticia habían fallecido ciento veinte obreros de los ciento ochenta contratados: sólo sobrevivieron sesenta cuya salud física y mental estaba muy deteriorada. Sin embargo, hay otra versión que afirma que la muerte se produjo por envenenamiento debido a un descuido de un grumete que no verificó que en la bodega se habían derramado cajas que contenían arsénico para combatir la sarna de corderos y ovejas. En cambio, tanto el Padre D´Agostini como la empresa atribuyeron el desastre a “un violento y sorpresivo brote de escorbuto”.

La primera versión se denomina “Muerte por hambre”, y se inicia con una viñeta de página entera que, desde un plano americano de un obrero sentado, abarca los márgenes de la caleta, con montañas, muelles, cabañas y botes. El color siena grisáceo otorga a la escena una exquisitez gráfica de sutil poesía, cercana a la ilustración, clave estética que se reitera a lo largo de la novela gráfica. Abundan las páginas y cuadritos monocolores de gama fría, así como la fragmentación de éstos últimos como si se tratara de un ejercicio cinematográfico. En el transcurso de la historieta también se encuentran viñetas mudas, y las cuidadas composiciones de página se renuevan constantemente. En la figuración de Aedo prevalece una búsqueda plástica basada en un conocimiento profundo de la pintura en general y de la moderna en particular. No puede menos que destacarse la espeluznante fisonomía cadavérica que van adquiriendo los famélicos hacheros -que traen a la memoria imágenes goyescas- así como la contundencia dramática del plano general lejano de las páginas 42 y 43, que registra montículos de tierra coronados por cruces de madera. Su dibujo aporta brillantes enfoques y una planificación en constante cambio, en tanto Cristóbal Florín recurre a los textos y, al no haber casi diálogos, apenas emplea globos. Su guión es una amplificación del relato de Pérez, que se publica en el epílogo del libro, y Florín -fiel a su estilo- otorga una carga espectral y siniestra a los sucesos y dice así: “Todo marchaba en las mejores condiciones, sin sospechas de algún trato secreto con la muerte”. Este clima fatalista, inmodificable y mortuorio prevalece en toda la narración, en la cual los obreros terminan talando árboles para construir ataúdes (“El Baker, río de los muertos patagónicos, que separaba a la caleta de la isla sembrada de cuerpos vencidos, donde se cosechan cruces para la posteridad”). Se observa que no es ajena a la historia una atmósfera entre fantástica y panteísta. Félix Elías Pérez se pregunta sobre cuál fue el origen de ese episodio, cómo murieran ciento veinte personas en una zona fértil y colmada de frutos silvestres ricos en vitamina C y, sobre todo, de numerosos alimentos alternativos. A continuación de este cuento escrito en 1996, que más que narrar se empeña en documentar con excelente prosa un hecho que necesita ser aclarado, Francisco Mena informa que las excavaciones arqueológicas realizadas no obtuvieron datos concretos y que “el análisis crítico de los textos escritos alimenta un cierto escepticismo, pues priman las versiones exageradas y es muy probable que la mortandad se deba a simple abandono y hambruna…”

La otra versión, “Muerte por veneno”, adopta el punto de vista del buque que está portando los víveres y medicamentos para los obreros de la caleta. Se nota aquí que Rodolfo Aedo se lanzó a una búsqueda experimental que remite a la estética que prevalecía en las adaptaciones de grandes novelas de la revista Intervalo, de Editorial Columba; a la historieta francesa de los setenta y ochenta (especialmente Enki Bilal) y, por último, al vanguardismo del Alberto Breccia de Edgar A. Poe: El gato negro y otras historias (Doedyeditores, 2011). Esto último es palpable en las secuencias en tinieblas, en las cuales los mínimos y certeros puntos lumínicos permiten vislumbrar a personajes y objetos en espléndidos claroscuros. Y, asimismo, está la presencia obsesiva de “esa lluvia porfiada que no cesaba nunca” (Pérez).

El libro concluye con cinco valiosas láminas tituladas Pin Up. La de Ismael Hernández expone un expresivo trabajo, pleno de crudeza, que combina -con aportes informáticos- la tinta china, la acuarela y el lápiz. Alejandro Aguado ofrece una grafísmo expresivo en el marco de una concepción naturalista, de rústica belleza no exenta de lirismo, y muestra la impronta y el espíritu del mundo patagónico. Una espléndida atmósfera onírica, propia de la pesadilla que se vivió en Bajo Pisagua, es la exhibida por el binomio Mirko Vukasovic y Cristian Escobar. La ilustración de Omar Hirsig señala el clima de espanto y de muerte que se alojó en la isla. Fabián Rivas Belmar se encarga de resumir esta opresiva y desoladora crónica con interesantes connotaciones historietísticas.

Esta edición financiada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, además de contribuir a una investigación histórica que involucra a Chile y a toda Latinoamérica, confiere un inestimable espaldarazo al prodigioso noveno arte.

Germán Cáceres