Aproximación al Canto Popular Uruguayo (primera entrega)

Necesarias palabras preliminares
Mi primeros contactos con la música uruguaya fueron gracias a los discos de Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños, discos que costaba difundir por radio en los años de la dictadura militar. En mi sangre porteña poca dosis de orientalidad había por entonces: lecturas de Mario Benedetti (La Tregua, Gracias por el Fuego), algo de Juan Carlos Onetti, algún cuento de Felisberto Hernández leído en una antología y alguna página de Eduardo Galeano.

Hacia 1981/82, mi colega Marcelo Pérez Cotten (un locutor-periodista, estudioso de la música popular, quien actualmente trabaja en la Radio de las Madres) se convirtió en columnista de mi programa La Ventana, en Radio Nacional. Traía sus discos para compartir y la mayoría eran de lo que por entonces ya se conocía como Canto Popular Uruguayo.

Me parece que ese fue el punto de partida: comencé a conseguir -con mucho esfuerzo- ese material, a investigar, a estudiar, a ampliar lecturas, a convertirme yo mismo en un decidido difusor de esas propuestas.

A la profundización de la obra zitarrosiana, se sumaron Dino, Eduardo Darnauchans, Los que iban cantando, el dúo Carrasco-Fernández y Leo Masliah, entre otros protagonistas de aquel canto resistente, militante y novedoso.

Después vino el después: viajes a Montevideo, ciudad que poco a poco me fue ganando (por su pueblo, su escala humana, sus tiempos llenos de pausas, sus ramblas interminables junto al mar-río), un fructífero acercamiento a la familia Zitarrosa (su esposa Nancy, sus hijas Carla Moriana y María Serena), recorridas por Tristán Narvaja para comprar discos descatalogados y buscar bibliografía. También, más y mejores lecturas de Benedetti, Hernández, Onetti y Galeano, a los que se sumaron muchos otros autores uruguayos, como así también libros de historia y de arquitectura montevideana.

En poco tiempo, la orientalidad me había ganado, se metió en mi sangre y en mi vida. Hoy, le confieso, mi mal no tiene cura.

Palacio Salvo, Montevideo
(Foto: Emiliano Penelas)

Cuando hablamos de Canto Popular… ¿de qué estamos hablando?
El nacimiento del Canto Popular Uruguayo es contemporáneo al surgimiento de cancioneros renovadores y comprometidos con la realidad social de América Latina: la Nueva Trova Cubana, la Nueva Canción Chilena o la Música Popular Brasileña (MPB). En este marco de referencia, también podríamos incluir el Nuevo Cancionero Argentino, cuyo “Manifiesto” data de 1963 y fue suscripto por Armando Tejada Gómez, Oscar Matus y Mercedes Sosa, entre otros.

Según algunos investigadores, el Canto Popular Uruguayo tomó esa denominación del disco del mismo nombre que en 1969 y para el sello Orfeo, editó José Carbajal, “El Sabalero” (1).

Se trata de un movimiento heterogéneo, ecléctico, donde conviven diversas estéticas; se nutre del folklore oriental, argentino y latinoamericano, de la murga, el candombe, el rock, la milonga montevideana o la música académica contemporánea; es, esencialmente acústico y le otorga importancia al texto, a la poesía. “Se nutrió de diversas fuentes y modos y se caracterizó por introducir al hombre en el paisaje, en su entorno, ya sea éste rural o urbano, en sus reivindicaciones y luchas. Es así que la canción popular devino en canción de texto, o como muy bien lo definió el maestro Atahualpa Yupanqui, canciones con fundamento (2).

Ese cuidado por el texto, por lo que se dice, es primordial: “En el Canto Popular se busca una perfecta integración de música y texto. Por supuesto que hablamos de los mejores ejemplos del movimiento, por supuesto que en una corriente tan heterogénea y multi-generacional, no oro todo lo que reluce. Entre otras virtudes, esta búsqueda del texto justo, ofreció un vehículo válido a la propia poesía, puesto que en un medio donde toda la cultura estaba amenazada de muerte, y donde la imagen televisiva del enlatado pugnaba por suplantar los medios válidos del teatro, el buen cine y la lectura, la canción ofreció una variante que no cayó en el vacío. La canción ofrecía el medio propicio para una defensa de la poesía, ofrecía la posibilidad de lanzar masivamente textos de grandes poetas del pasado o contemporáneos a un público que no accedía a la lectura de los mismos.” (3)

Esa preocupación por la poesía hizo que muchas figuras trascendentes de la literatura uruguaya llegaran a la canción y fue así como se musicalizó a Líber Falco, Idea Vilariño, Circe Maia, Washington Benavides o Víctor Cunha, entre otros.

Dije ya que el CPU se nutrió de la música latinoamericana y este es un aspecto que debe ser -en mi opinión- subrayado. Zitarrosa, Los Olimareños, Larbanois-Carrero y Carrasco-Fernández, entre otros, incorporaron a sus repertorios mucha obra de ese origen, seguramente como una identificación con otros pueblos del continente que padecían los mismos males que la Banda Oriental: dictaduras militares, represión, empobrecimiento de las mayorías y consecuente enriquecimiento de las minorías oligárquicas y censura. A propósito, me parece pertinente señalar que en la Argentina -salvo excepciones- no se dio en aquel período histórico, una apertura similar a América Latina, que recién se produjo -y de manera muy tibia y efímera- durante la Guerra de las Malvinas.

Antecedentes lejanos
No es descabellado pensar en BARTOLOMÉ HIDALGO como el antecedente más lejano en cuanto al compromiso con el texto que tiene el CPU. Hidalgo (1788/1822) abandonó Montevideo cuando la Banda Oriental fue invadida por los brasileños. Se refugió en Buenos Aires y aquí, para sobrevivir, comenzó a escribir cielitos y diálogos satíricos con mucho de denuncia, de testimonio social. Por supuesto, no podía imaginar que 150 años después de su muerte, sus poemas iban a ser tomados por quienes estaban empeñados en un canto con fundamento. Alfredo Zitarrosa musicalizó “La Ley es tela de araña”, una contundente denuncia sobre los manejos de la justicia que siempre beneficia al poderoso en perjuicio del pueblo (4).

En cuanto a los ritmos folklóricos, tan usados por los integrantes del movimiento, mencionar el nombre del investigador LAURO AYESTARÁN es ineludible. Ayestarán (Montevideo 1913/Montevideo 1966) es una suerte de Carlos Vega o Leda Valladares uruguayo. Recopiló motivos populares: tristes, estilos, cifras, milongas, polcas, vidalitas, mazurcas, chotis y pericones. Con un pequeño y rudimentario grabador, registró las voces de decenas de cantores anónimos. Esos testimonios sirven, y mucho, a las nuevas generaciones (5).

Antecedentes recientes
Ningún proceso artístico surge de la nada, de manera espontánea. El CPU no fue, por supuesto, una excepción. Algunos creadores con su trabajo establecieron -tal vez sin ser conscientes de ello- las bases, y tuvieron una influencia directa o indirecta.

ANSELMO GRAU (4 de diciembre de 1930/13 de octubre de 2001), una figura clave en la búsqueda de la identidad musical uruguaya hacia 1960 , es uno de esos pioneros. ¿Por qué Grau proponía esa búsqueda? La industria discográfica uruguaya, por el tamaño del mercado y el desinterés de las multinacionales en producciones locales, recién comenzó a grabar a artistas nacionales a fines de los 40. Por el otro lado, sólo en los años 60 la técnica de grabación uruguaya alcanzó los niveles de calidad existentes en otros países de la región (6). Esto significó que los intérpretes no podían grabar, pero además, durante la década del 50 y principios de los 60, Uruguay vivió sometido por la música popular que llegaba de la Argentina, es decir, se escuchaban discos del denominado “boom folklórico” de nuestro país. Grau, condujo programas de radio y televisión de gran repercusión en su país, desde los cuales ayudó a difundir el trabajo de sus contemporáneos, convencido de que la marcha era colectiva o no era. Apoyada en las enseñanzas de Ayestarán (de quien fue discípulo) su labor permitió que los uruguayos tomaron conciencia de su propia música. Anselmo Grau luchó, en definitiva, para demostrar que los orientales también tenían su perfil, su identidad musical propia, su manera personal de decir las cosas, aún cuando se transitaran ritmos y géneros comunes a los de la Argentina (7). Entre sus obras puedo mencionar “Nací para andar caminos” (música), “Río Uruguay” (música), “Tierra mojada” (música), “Tuve un país” (letra y música), “Mi hermano y yo” (letra y música) y “El olvidado” (música) (8).

Como contemporáneos de Grau, corresponde mencionar a otros creadores que reivindicaron lo propio y tuvieron una enorme influencia: ANIBAL SAMPAYO, OSIRIS RODRIGUEZ CASTILLO y RUBEN LENA. Ellos también son antecedentes del CPU.

Aníbal Sampayo, poeta, guitarrista, arpista, compositor y cantor, (6 de agoso de 1927/10 de mayo de 2007). Comenzó su trayectoria en nuestro país, a mediados de los 40 y fue uno de los pioneros del Festival de Cosquín. Por el carácter testimonial y libertario de su obra, la dictadura uruguaya lo mantuvo en prisión muchos años y fue liberado sólo gracias a la presión internacional, exiliándose en Suecia hasta que pudo regresar a su Paysandú natal, no muchos años antes de su muerte. “Río de pájaros”, “Canción de verano y remos”, “La cañera“, “Cautiva del río“, “Peoncito del mandiocal”, “Ky Chororó” o “Hasta la victoria”, son algunas de sus obras más difundidas las que, bueno es recordarlo, ejercieron una clara influencia entre los compositores litoraleños de la Argentina.

Osiris Rodríguez Castillos (21 de julio de 1925/10 de octubre de 1996), fue poeta, escritor, investigador, compositor, luthier y cantor. Editó su primer disco en 1962 y, con su temática campera, fue también un referente para argentinos como Eduardo Falú, Jorge Cafrune, José Larralde y Suma Paz, entre otros. También condujo programas de televisión, por caso “Charlas de fogón” en Canal 4 de Montevideo. Entre sus obras, vale la pena recordar “De corrales a tranqueras”, “La galponera”, “Camino de los quileros”, “Corrales de Algorta”, “Gurí pescador”, “Tacuara”, “Salto grande” y “Cielo de los tupamaros” (9). Rodríguez Castillo resistió hasta donde pudo el régimen militar uruguayo. En 1980 la situación se tornó insostenible y se radicó en España donde se dedicó a escribir y a construir guitarras. Regresó a su país en 1993 (10).

Rubén Lena (5 de abril de 1925/28 de octubre de 1995) es un ícono de la cultura del Departamento de Treinta y Tres, lugar donde nació y vivió casi toda su vida. Este docente, escritor y compositor, se vinculó con la canción hacia fines de los 40. Él mismo lo explicó: “Fue el conocimiento de Víctor Lima y Santiago Baladán (el Indio). Víctor ya era un autor consagrado para un núcleo de jóvenes, gran calidad en los textos y una particular forma de cantar, ritmos entradores pero -por qué no decirlo- extraños. Fuimos muy amigos -y aunque seamos tan distintos- sigo sintiendo una admiración sin reservas por su obra. En esos tiempos ni se soñaba con el Canto Popular. ¡Y el Indio Baladán!, esquilador, corredor de caballos, peluquero, guitarrero y cantor: cantaba milongas, estilos, vidalitas…” (11). Su primera canción -por lo menos la primera que se conoció- fue “La Uñera”, en 1953, con música de Rosendo Vega. “En 1960 ya había tomado conciencia de lo existente y comencé a producir con carácter permanente, tratando de ayudar a uno pocos solitarios en una quijotada: crear un Cancionero Popular y Nacional. Nacieron así A Don José, De Cojinillo, La Ariscona, Del Templao, etc.” (12). Precisamente a comienzos de los 60, y allá en Treinta y Tres al lado del Olimar, las canciones de Lena encontrarían las voces adecuadas para conquistar la Banda Oriental y muchas otras regiones latinoamericanas, pero esa es una historia que se contará más adelante.

En 2003 su emblemático “A Don José” fue declarado, “Himno cultural y Popular Uruguayo” (Ley 17698). Este año se lo homenajeará en Uruguay en el Día del Patrimonio bajo el lema “Tradiciones rurales” y se publicará un libro biográfico escrito por el periodista Guillermo Pellegrino.

Sería injusto no mencionar en esta sintética mención de antecedentes inmediatos del CPU, a AMALIA DE LA VEGA y SANTIAGO CHALAR.

Amalia de la Vega (19 de enero de 1919/25 de agosto de 2000) fue una exquisita cantante, de voz clara, desprovista de vibratos y modulaciones artificiales. Se especializó en milongas, cifras, estilos y vidalitas, y fue el vehículo ideal para hacer conocer a muchos autores y compositores nuevos. Ella misma, guitarrista autodidacta, musicalizó a poetas como Fernán Silva Valdés y Juana de Ibarbourou.


Santiago Chalar (25 de septiembre de 1938/21 de noviembre de 1994) es una de las grandes voces orientales de todos los tiempos. Poeta y compositor, fue además médico traumatólogo, profesión que ejerció a lo largo de su vida. Comenzó a estudiar guitarra a los 9 años y a los 17 brindó su primer concierto con un repertorio folklórico latinoamericano. En 1958 conoció a Osiris Rodríguez Castillo y este hecho definió su orientación a los ritmos uruguayos. Grabó su primer disco (un simple con dos temas de cada lado) en 1961 y en 1964 y 1965 sus dos primeros long plays: “Como yo lo siento” y “Yo no canto por la fama”, respectivamente. En la década del 70, cuando el CPU ya había estallado, Chalar participó de algunos memorables conciertos del movimiento (13).

El discurrir de esta historia nos lleva a un tiempo, principios de los '60, en que el Canto Popular Uruguayo ya había nacido, aunque todavía no lo sabía.

(Continuará)

Guillermo Fuentes Rey

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Citas

  1. Jorge Yuliani, artículo publicado en La República Nº 1622 (2004)
  2. Idem anterior
  3. Washington Benavídes, “Canto Popular/Folklore” (sin fecha)
  4. En nuestro país fue Alfredo Abalos quien grabó “La ley es tela de araña” (CD “Con la conciencia tranquila”, 1994, Sello IRCO)
  5. El sello oriental AYUI publicó, en colaboración con la Intendencia Municipal de Montevideo el CD “Lauro Ayestarán. Un mapa musical del Uruguay” que contiene una parte de esa rica recopilación.
  6. “En materia de compañías discográficas ANTAR SA llevaba ya tres años desde que lanzara a la venta los primeros long play, conteniendo música clásica, y que fueron prensados en el país. A los pioneros de ANTAR y de SONDOR Ltda., que también por ese tiempo amplió su producción de lo popular al long play de música clásica, se agregó en 1959 el sello INDUSTRIAS FONOGRÁFICAS R y R GIOSCIA. En el 69 dos sellos internacionales fonográficos operan en Montevideo, para remitir posteriormente tales grabaciones en sus diferentes sellos al público internacional: SUNCASTLE, CLAVE, ODEON, VIK, CBS, ECCO y RODNOS.” “Guía de la música uruguaya”, Mary Ríos, Textos de Arca, página 21 (1995).
  7. Las culturas no admiten límites geográficos políticos y por eso se habla de “regiones o zonas culturales”. La Banda Oriental comparte con la Argentina y Brasil, muchos ritmos, danzas y géneros que tienen, sin embargo, los acentos propios que cada pueblo le da.
  8. Creo que el único CD de Anselmo Grau que se puede conseguir -y para eso hay que cruzar a la otra orilla- es “Canta el Uruguay”, editado por AYUI en 1999.
  9. "Cielo de los tupamaros” fue compuesta en 1959. Fue prohibida en la Argentina y el Uruguay porque se pensó que era un homenaje al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), cuando en realidad habla de la Revolución de 1811 y el Grito Asencio. Además, en 1959, los Tupamaros todavía no habían nacido aunque, claro, estos eran detalles que se les escapaban a los dictadores ríoplatenses.
  10. En la Argentina es complicado encontrar material de Sampayo o Rodríguez Castillo. De este último el sello DIAPASON editó una recopilación en 1997.
  11. Testimonio de Rubén Lena en “Aquí se canta. Canto Popular 1977-80” de Juan Capagorry y Elbio Rodríguez Barilari, página 110 (Arca, 1980).
  12. Testimonio de Rubén Lena. Obra citada.
  13. Tampoco es sencillo encontrar en nuestro país discos de Amalia de la Vega y Santiago Chalar, los que sí abundan en ediciones originales en la feria montevideana de Tristán Narvaja (todos los domingos por la mañana, calle Tristán Narvaja y Avenida 18 de Julio).

La mujer del mediodía

de Julia Franck
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2009, 432 páginas)

Es poco lo que Julia Franck, nacida en Berlín (Este) en 1970, aclara sobre el título de este libro ganador del premio Deutscher Buchpreis a la mejor novela en alemán de 2007. Una creencia popular sostiene que cuando se le aparece a alguien “lo único que debía hacer era hablarle a la mujer del mediodía durante toda una hora acerca de cómo trabajar el lino, nada más”. Osvaldo Gallote afirma, en la entrevista que le hace a la autora (Ñ del 8/5/09), que ésta “alude en verdad a una trama, a una textura, al hilo de Ariadna: a la narración”.

Y uno de los méritos principales de este texto es el oficio de la Franck, su capacidad de contar, que según las críticas ya había demostrado en Zona de tránsito, su primera novela. La mujer del mediodía es un extenso flash-back que transita entre un prólogo y un epílogo, en los cuales Helene abandona a su hijo Peter. Esa vuelta al pasado relata los hechos que llevaron a la madre a tomar esa tremenda decisión.

Helene pasó su niñez en Bautzen, durante la primera guerra mundial. Su padre regresa del conflicto tuerto y con una pierna amputada; su hermana, sólo unos años mayor que ella, siente inclinación por las drogas; y su madre, discriminada por la población por su origen judío, padece una locura que la aísla en su habitación. La situación es tétrica: Helene se cría en medio de un patético grand guignol. Pero, cuando las hermanas se mudan en los años veinte —los de las vanguardias artísticas— a la casa de una acaudalada tía en Berlín, se sumergen en una sociedad decadente, en donde prima el consumo de opio, las juergas, el alcohol y la falta de objetivos.

En un principio la autora elige la morosidad para relatar, y da rienda suelta a su exquisita prosa de bellas imágenes y creativos símiles. Después se acelera, como ocurre con los acontecimientos en Alemania y en la tortuosa vida de Helene (su primer noviazgo desembocó en tragedia, y su casamiento, en un maltrato constante). Asimismo, demuestra sagacidad al describir el trasfondo histórico a través de simples fogonazos, como una suerte de noticias que aluden brevemente a los episodios que lo jalonaron: la hiperinflación, las quiebras y los desocupados; la persecución a comunistas, a intelectuales y la quema de libros; el incendio del Reichstag; la ascensión del nacional socialismo; el plan de eutanasia para eliminar a las personas con malformaciones; la segunda guerra mundial, los campos de concentración y la violación de mujeres por parte de los vencedores. Helene se pregunta: “¿Y no es otra cosa más que hastío lo que acontece cuando la nada se expande ante nosotros, llenándonos de desazón?”

Esta enumeración de los males que padeció Helene, conducen al lector a recorrer su propia vida y, la vez, pensar que esas guerras mundiales también lo condicionaron. En suma, le exige reflexionar sobre la irracionalidad de ese accionar del hombre que lo condena a un destino de incomunicación y soledad. Como sentenció Julia Franck en la citada entrevista: “Hay, sin duda, una generación de posguerra a la que pertenezco. (…) se plantea preguntas, no justificaciones”.

Extraordinaria la traducción de Belén Santana, que logra verter al español todos los exquisitos matices estilísticos de la novela.

Germán Cáceres

Pisos pulidos

Se terminó con el pulido de los pisos de madera, y con ello la etapa más importante del arreglo de la casa está llegando a su fin. Durante el fin de semana se colocó el cartel en el frente, y se trabajó en la reparación de la cortina metálica.

Durante esta semana se armarán y pintarán las bibliotecas metálicas, que se ubicarán en la sala posterior, y se terminará la parte eléctrica.

Sarmiento, más allá de la educación

de Mauricio Lebedinsky y otros
(Capital Intelectual, Buenos Aires, 2009, 141 páginas)

Es raro encontrar una investigación histórica realizada con tanta objetividad, como si su premisa fuera establecer un distanciamiento brechtiano que permita al lector construir su propia interpretación de este personaje controvertido. Esta encomiable labor estuvo a cargo de un equipo formado por Arnaldo D'Ortona, Oscar Expósito, Claudio Falbo, Eduardo Kenevsky y Horacio Lafuente, con la dirección del citado Lebedinsky.

El ensayo se abre en varias direcciones. Así, con excelente y concisa prosa expone la biografía de Sarmiento (1811-1888), que patentiza entre otras facetas su exagerada autoestima y su carácter polémico y apasionado (no sólo como intelectual sino también como hombre). Pero a la vez ejecuta un recorrido profundo y documentado de la historia argentina de ese período, en la cual es inevitable no reconocer la intolerancia política y el mal funcionamiento de las instituciones.

Se transcriben varios pasajes de Facundo, de Viajes, de sus cartas, de sus discursos en el parlamento y de sus artículos periodísticos, que exhiben la prosa estupenda de Sarmiento, tan celebrada por los pueblos de habla hispana. Los autores destacan que en su trabajo intelectual “hay luces y también algunas sombras. Éstas, las sombras, fueron retratadas muchas veces sin piedad por sus opositores”. Carlos Pellegrini lo calificó como “el faro más alto y más luminoso de los muchos que nos han guiado”, mientras que los autores aclaran que “desde ciertas trincheras de la izquierda lo convirtieron en el ideólogo de la entrega”.

Los investigadores señalan que el sanjuanino poseía una fuerte vocación por las armas: “Su historia militar incluía que, en 1827, se había incorporado con el grado de teniente al ejército del general Paz y había participado en numerosos combates en la guerra civil. En 1851 había integrado el ejército de Urquiza como teniente coronel.” Y mencionan que en 1875 el Senado de la Nación le concedió el grado de general.

Se lo suele encasillar como un gran luchador por la educación —fue uno de los propulsores de la ley 1420 —, pero esta obra recalca que esa cruzada fue una herramienta que empleó con el fin de forjar su idea de nación “para entrar en el mundo de los países civilizados”. El proyecto, sintetizado en su célebre frase “Civilización o Barbarie”, lo utilizó para luchar con ferocidad contra Rosas. Según los investigadores, “El Gran Educador” entendía que la inteligencia se desarrollaba con el ejercicio, como si se tratara de un músculo, y refieren que sus ideas se nutrieron principalmente del romanticismo y de la experiencia norteamericana. Admiraba de Estados Unidos su espíritu democrático, la modernidad de sus instituciones y su promoción del progreso. Además, su importante paso por la masonería lo ayudó a pensar y a agudizar su estrategia política.

Sarmiento, más allá de la educación es un libro indispensable para todos aquellos que deseen ahondar en los derroteros de nuestra historia.

Germán Cáceres

Palabras para Ignacio

Amigo Ignacio, un mes atrás usted me decía: “No le temo a la muerte… le temo al olvido.”

Amigo Ignacio, la muerte le llegó… sé que el olvido no.

Poemas y canciones; mujer, hijos, amigos. Testimonios de una vida y una obra.


Amigo Ignacio, discúlpeme… no quiero escribir más. La palabra era para usted un bien preciado, objeto de culto y respeto y por eso las cuidaba, las mimaba… y solamente las dejaba caminar solitas cuando estaban fuertes y se podían defender ellas mismas. Hoy, ahora, en este momento, dolido, tengo temor de equivocar alguna palabra y prefiero callar.

Amigo Ignacio, en silencio lo recuerdo… el olvido no llegará.

Guillermo Fuentes Rey

Volver a Galicia

de María González Rouco
(Editorial El Escriba, Buenos Aires, 2009, 116 páginas)

Este libro comienza con un estudio sobre los “Gallegos en la Argentina”, un aporte fundamental para el conocimiento de este tema, pues no sólo habla de aquellos que emigraron sino también de los que retornaron y, a la vez, de los argentinos que partieron para radicarse en la tierra de sus padres y abuelos. Otra cuestión que trata es el exilio, fenómeno que comenzó a manifestarse a partir de 1939, después de la derrota de la causa republicana. Y de cómo en Buenos Aires se concretó un centro de irradiación de la cultura gallega alrededor de la figura de Alfonso R. Castelao. No falta, por supuesto, el hondo tratamiento de los padecimientos sufridos por los inmigrantes, como el desarraigo y la dura morriña. Además, esta rigurosa investigación incluye el análisis del aporte culinario de la inmigración a nuestra cocina.

El ensayo está apoyado en una amplísima bibliografía y en emotivos testimonios de varios protagonistas de esta experiencia, quienes, además, describen con amor sus oficios, muchos de los cuales se han perdido.

Luego, hay un capítulo narrativo que abarca cinco cuentos de María González Rouco. “Josefina en el retrato” recrea con prosa emotiva el Buenos Aires finisecular y su clima literario. “Peregrinación” es un registro conmovedor de las angustias y esperanzas de los que emigran y emprenden un camino colmado de incertidumbres. “El regreso del indiano” es cálido y humano, y “Un cielo para mi abuelo” desborda sensibilidad en estado puro al describir la creencia fantástica de que el gallego que muere en su patria tiene asegurada una suerte de inmortalidad, porque “podría resucitar de noche y volver a su casa. Podría velar el sueño de sus seres queridos, sentarse a la vera de las rías, descansar bajo los árboles que frecuentara su vida terrenal”. El cuento “Volver a Galicia” —que da título al libro— está teñido de un tinte autobiográfico y expresa con hondura la fuerza de las raíces. Como manifiesta el poeta y ensayista Carlos Penelas en el prólogo, “Sus cuentos tienen nostalgia, ternura, honestidad. Nos hablan desde nuestro interior, desde la voz ancestral que los protege”.

Por último, sus cinco poemas (“De España”, “Airiños”, “Como al principio”, “Peregrinos” y “Mi abuelo”) registran los sentimientos ambivalentes que sacudieron a los gallegos en su viaje de ida, siempre soñando con el regreso (“En ellos admiro, la fuerza, el tesón, /que los animaron con tanta pasión, /a buscar un cielo, más allá del mar, /cuando, agobiados, debieron emigrar.”)

Un libro recomendable no sólo para aquellas personas conectadas de algún modo con esta problemática, sino también para cualquier lector, porque aborda una travesía cuyos héroes, aunque no figuran en los libros de historia, cambiaron con sus hazañas la vida cotidiana tanto de la Argentina como de la misma Galicia. Por eso también es aconsejable seguir las informaciones y noticias que la autora realiza a través de http://inmigracionyliteratura.blog.arnet.com.ar./

Germán Cáceres

Nueva cara

Estamos cada vez más cerca del final de las obras en la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte. Esta semana se terminó de pintar el frente de la casa, así que ya podemos mostrar nuestra nueva fachada.

Además, se pulieron los pisos de madera del salón de lectura, secretaría y la sala posterior, que ya comenzaron a plastificarse. El fin de semana se reparará la cortina metálica exterior y se realizarán otros trabajos de herrería.


Si desea recibir las novedades de la Biblioteca y nuestras actividades, escríbanos a carlossanchezviamonte@gmail.com

No sólo del cuarteto vive Córdoba

Córdoba no es sólo la provincia de la música “cuartetera“, afortunadamente. (Me resisto a utilizar la palabra “música” para hablar del “cuarteto”. Creo que es un fenómeno que debe ser analizado y explicado por sociólogos y antropólogos y no por quienes amamos la música y, al amarla, tenemos que respetarla. El “cuarteto” se inició hace muchas décadas, y uno de sus primeros exponentes fue el “Cuarteto Leo”, un conjunto que vendía decenas de miles de discos en Córdoba pero que no trascendió a la ciudad de Buenos Aires. Los representantes actuales de esa corriente, sí apoyados por la visión acrítica de los medios de comunicación de masas, entraron en la capital).

Trío MJC

Luis Amaya (fundador de “Tres para el folklore”), Hedgar y Carlos Di Fulvio, Hilda Herrera, Daniel Homer, Manolo Juárez, Ica Novo, Suna Rocha, el Chango Rodríguez y Cristino Tapia, entre otros, también nacieron en Córdoba, provincia que además, hacia fines de los 60 y principios de los 70, supo desarrollar una suerte de Nueva Canción Argentina con creadores como Nora y Delia, Liliana Felipe, el Grupo Nacimiento y, fundamentalmente, María Escudero, una multifacética personalidad artística que no sólo descolló en el canto popular, sino también en la investigación cultural en nuestro país y Ecuador, en el trabajo con organizaciones populares contribuyendo en la generación de un movimiento de mujeres de sectores empobrecidos y que fue la creadora del “Libre Teatro Libre“. (María Escudero falleció a los 78 años, el 2 de abril de 2005 en Quito, Ecuador. Publicó dos personales discos en el sello Trova “Canto dimensión” (1968) y “De cuerpo entero” (1972), hoy lamentablemente descatalogados. En su último discurso, al recibir el Premio “Manuela Espejo” otorgado por el Concejo Metropolitano de Quito, expresó: “¿Quién soy? Una maestra primaria levantándose con los que no terminan de contar su verdad, ocultándola en el aula, en el patio, en el silencio, desde el miedo al conocimiento que provoca susto y desata sueños. Debo decirles que soy hija de la rabia y del grito latente contra los silencios y los ocultamientos, informadísima en literatura e hitos históricos, cuadrada en números y, sobre todo, funcional en muchas habilidades aprendidas en la vida. Sólo eso soy.”).

Todo este movimiento, tan rico en matices expresivos, fue borrado de un sablazo con la llegada de la dictadura en 1976 y la mayoría de sus cultores debieron partir al exilio.

En la actualidad, Córdoba sigue ofreciendo música de calidad y cada tanto tenemos oportunidad de acercarnos a ella. En el mes de julio de este año desembarcaron en el “ombligo de la Argentina”, esto es en nuestra bendita ciudad de los “Buenos Aires Macristas“, tres exponentes de esa propuesta que no cede a las presiones comerciales: el Trío MJC, Paola Bernal y Pablo Lozano. Aunque no tuvieron la atención de los grandes medios autodenominados “independientes”, (Independientes de la ética y la estética, pero dependientes del negocio).
“La Peña del Colorado” -lugar de la presentación- estuvo llena y quedaron espectadores en la puerta.

El Trío MJC está integrado por Jorge Martínez (piano y teclados), Pablo Jaurena (bandoneón y kalimba) y Mauro Ciavattini (saxo soprano, flauta traversa, quena y moxeño). Se creó en noviembre de 2005; ganó el Pre-Cosquín 2006 en el rubro “conjunto instrumental”; actuó en el Festival en 2006, 2007 y 2008 y también en España, junto a las Bandas Sinfónicas de Buñol y Denia (Valencia), interpretando un repertorio de música argentina en base a sus propios arreglos y orquestaciones, además de presentarse en muchos escenarios importantes de Córdoba.

Tres son sus características salientes: su atípica formación (piano, bandoneón, saxo, flauta y aerófonos) que no registra muchos antecedentes y le otorga singularidad al sonido del grupo; después, la importancia que se le otorga a los arreglos, elaborados por los integrantes del trío y que tienen mucha creatividad y originalidad; finalmente, la equilibrada amalgama entre conceptos propios de la música de cámara o académica, (esto seguramente vinculado con los orígenes de sus integrantes) y el lenguaje de la música popular. Las interpretaciones discurren con diálogos ricos entre los instrumentos y con un gran respeto por los silencios, algo no demasiado frecuente.

Estas virtudes se aprecian en “Arreglos”, su primer CD (2008). “Grito santiagueño” (Raúl Carnota), “Danzarín” (Julián Plaza), “Viejo corazón” (Polo Giménez), “Grillito” (Horacio Salgán) o “Donata Suárez” (Juan Falú) son algunos de los temas folklóricos y tangueros (no deja de llamar la atención la ductilidad que exhiben para manejar por igual los códigos del tango y los del folklore) que estos tres jóvenes y talentosos músicos recrean de manera admirable, con depurada técnica y expresividad, sin perder nunca la pertenencia a una raíz propia, la de la música popular argentina.

En ese contexto de grandes compositores que el trío “relee”, no desentonan los temas propios “Chucha” de Mauro Sabatini (un muy buen “divertimento” rítmico) y “Viento nocturno” de Jorge Martínez (un reflexivo aire de vidala introducido por el autor en teclados y seguido por un bello solo de bandoneón).

Paola Bernal, nacida en Cosquín, tiene una voz criolla, fresca, natural. Canta sin impostaciones equivocadas. Su propuesta está anclada en la tradición, sobre la que trabaja sin pretender renovaciones expresivas.

“Por el camino” es el título del disco que llegó a mis manos y a mis orejas. Tiene producción artística de Roberto Cantos (Dúo Coplanacu) y una instrumentación mínima: bandoneón, guitarra, bombo y charango (sólo en dos temas). El repertorio va desde “Piedra y cielo” (Atahualpa Yupanqui) hasta “La colina de la vida” (León Gieco), pasando por buenas versiones de “La nostalgiosa” (Eduardo Falú y Jaime Dávalos”), “Zambita para mi ausencia” (Hedgar Di Fulvio) o “Qué pena” (Alfredo Zitarrosa). A lo largo de los once temas, Paola hace todo sencillo.

Algún escalón abajo se ubica Pablo Lozano con su CD “Pan del agua”. Su trabajo es honesto, pero me da la impresión que, por momentos, falta flexibilidad en su voz y en su fraseo, afectado por una impostación no siempre natural. Su repertorio (reforzado por un buen acompañamiento instrumental) es, sin embargo, excelente, con obras de Ica Novo, el Chango Rodríguez, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui y también Alfredo Zitarrosa, entre otros.

Con matices propios y cada uno dentro de su estilo y nivel, el Trío MJC, Paola Bernal y Pablo Lozano demuestran que hay músicos argentinos preocupados por estudiar, por rescatar a los grandes autores y compositores, y por manejarse, “a pesar de los males” (Julio Lacarra dixit), por afuera de los circuitos más comerciales y adocenados, donde se repiten las fórmulas agotadas y se gana muy buen dinero. No es poco mérito.

Guillermo Fuentes Rey

Actualización de las obras en la Biblioteca

Las refacciones en la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte están en su última etapa, y aunque todavía falta, cada vez es menos.

Esta semana terminará de pintarse el frente de la casa, que ya empezó a trabajarse. En el interior, se terminó con la pintura y reparación del techo corredizo, gracias a lo cual pudo liberarse el último salón, donde estaban las cajas con los libros, que ahora están a resguardo en el patio.

Se terminaron de pintar las celosías, que ya fueron colocadas nuevamente, y también van de negro los marcos de hierro y la cortina metálica del frente.

En la puerta de calle se instacó, además, un portero eléctrico que funcionará como resguardo los días en que se realicen actividades en los salones interiores.

La sala del fondo se pintó por completo, y se repararon sus techos, marcos de madera de las puertas, que fueron pulidas como las del resto de la casa, y se abrió la puerta que conecta a la secretaría con esta sala, que permanecía cerrada. De esta manera, todos los salones de la casa están conectados internamente.

También la semana que pasó se pudo terminar con la instalación de luces en todos los salones, con lámparas de bajo consumo cálidas. En lo que hace a la electricidad, que fue totalmente renovada, sólo queda la iluminación del frente y colocar los últimos apliques en el patio.

En los próximos días, cuando se finalice la pintura del frente de la casa, comenzará el pulido de todos los pisos de madera, que serán plastificados.

Además, está previsto que se inicien los trabajos de herrería para reparar la parte baja de la cortina metálica del frente y colocar la puerta antipánico en la entrada lateral de la Biblioteca, donde se emplazará la rampa para discapacitados.


La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

de Stieg Larsson
(Destino, Buenos Aires, 2009, 731 páginas)

El título suena extraño, como un chiste. Y aunque la novela no es humorística, sino un trhriller muy original, está bien empleado porque abundan situaciones desmesuradas, pues varios de los personajes, además de queribles, son especiales (lesbianas, bisexuales, hackers), y su comportamiento dista bastante de lo que se entiende por vida normal. Pero pese a su extensión, una vez que se ha empezado a leer el libro, el lector cae preso de su encanto y está condenado a devorarlo en el menor tiempo posible.

Es la continuación de Los hombres que no amaban a las mujeres, y forma parte de la trilogía Millennium, que se completa con La reina en el palacio de las corrientes de aire, y que los fans del autor (que ya los tiene desparramados por todo el mundo) están esperando su publicación en la Argentina con la misma ansiedad con que los seguidores de la serie Lost aguardan su última temporada.

Hay que aclarar que Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) falleció de un ataque cardíaco antes de ver publicada su obra. Fue un notable periodista que bregó contra la violencia y atacó a los grupos de extrema derecha que estaban incrustados en la trama del poder político y económico de su país.

Esta novela se centra en el tráfico de blancas hacia Suecia (un personaje afirma: "Suecia es, proporcionalmente, uno de los países que más putas compran, per cápita, de Rusia o de los países bálticos"). Pero si bien las operaciones criminales están ejecutadas por delincuentes poco inteligentes, marginados y sádicos, entre los principales responsables del comercio sexual figura un desertor de los servicios de inteligencia militar de la ex URSS (GRU), que se incorporó a la policía de seguridad sueca (Säpo), la cual le permitió que en su vida privada incurriera en el maltrato de mujeres. También están comprometidos un abogado, un psiquiatra y miembros de la policía.

El aporte de Larsson, más allá de su capacidad de generar imaginativas historias que se bifurcan y crean un suspenso que hace evocar al mejor Hitchcock, consiste en presentar una radiografía de varios aspectos negativos de la sociedad sueca. Así, existe una legislación ejemplar que no sólo castiga a los que controlan el negocio de la prostitución, sino que también condena severamente a los puteros (en la Argentina se les ha comenzado a llamar prostituyentes), es decir a los clientes que pagan a las prostitutas, pero en la práctica no se los apresa ni se los juzga, tal vez porque en ese grupo figure la franja ilustre del país (otro personaje comenta: "La ley no es más que fachada. No se aplica").

Mikael Blomkvist, el periodista integrado al equipo de la revista Millennium (el título de la saga), es el héroe del primer libro. En éste aparecía un personaje insólito, Lisbeth Salander, extremadamente simpático por sus extravagancias y su libertad sexual, que padece el síndrome de Asperger, una variante del autismo (sufría de lo mismo el chico de El curioso incidente del perro a medianoche, esa maravillosa novela de Mark Haddon). En esta continuación ella se transforma en el personaje principal, que se entretiene resolviendo ecuaciones e incursionando en el célebre teorema de Fermat (las cuatro partes en que se divide La chica… están precedidas de fórmulas matemáticas). Sus habilidades son tales (entre las que se cuentan hazañas informáticas y conocimientos de boxeo), que por momentos adquiere proporciones de superhéroe femenino, a la manera de los cómics norteamericanos, aunque Larsson soslaya con soltura ese peligro.

La novela también denuncia que el periodismo miente, que su espíritu no es informar, sino distorsionar las noticias para obtener beneficios económicos. Asimismo, lo considera poco profesional porque desconoce lo que comunica.

Por si todo esto no fuera suficiente, "Lisbeth descubrió, por consiguiente, que el método de tratamiento psiquiátrico más frecuente en el siglo XVI todavía se seguía practicando, en el umbral del siglo XXI…"

Parece que los defectos de las democracias representativas se hacen sentir en todos los países del planeta, aún en los supuestamente más dignos.

Excelente la traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.

Germán Cáceres

Paz, de la Peña, Lagos: el adios a tres grandes de la música popular argentina

En los últimos dos meses la música popular argentina perdió a tres de sus más importantes creadores: Suma Paz, el 8 de abril; Emilio de la Peña, el 22 de junio y Eduardo Lagos, el 26 de junio.

Suma Paz, Licenciada en Filosofía y Letras, guitarrista, cantora, poeta y compositora fue la cultora más fiel de la obra de Atahualpa Yupanqui, de quien se declaraba orgullosamente discípula. Suma Paz, cuya trayectoria se caracterizó por una ética artística estricta, supo mantenerse siempre fuera de las presiones de las empresas discográficas y de los medios, lo que generó, muchas veces, una inadmisible marginación de los sistemas de difusión poco proclives al arte reflexivo, pensante y comprometido.

Su canto era (y es) puro, desprendido de artilugios o de efectismos superficiales. Apoyada en un admirable trabajo guitarrístico, decía los poemas y las letras de sus autores preferidos. Suma se “escondía” detrás de esas palabras y esas música y las dejaba en un primer plano, para que nadie se distrajera con un gesto de más. Para ella lo importante era el mensaje del autor y la necesidad de recrearlo de la manera más fiel, sin traicionar una nota, un punto, una coma.

Eglantine Sulma Enrico Fondevila (tal su verdadero nombre), nació en Bombal, provincia de Santa Fe, el 5 de abril de 1939. Después de recibirse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional del Litoral, comenzó a estudiar guitarra y música. La etapa más importante de su carrera comenzó en 1957 cuando debutó en Radio Belgrano de Buenos Aires en el programa Aquí está el folkore, conducido por Julio Márbiz, lo que le abrió las puertas para otras presentaciones radiales y televisivas. En 1968 viajó a Japón donde dio cuarenta recitales y grabó un disco. En 1971 protagonizó el ciclo A mi tierra y a mi gente en el Teatro Presidente Alvear, junto a Los Trovadores. Posteriormente, ya imbuida de la obra yupanquiana, inició una larga serie de recitales y espectáculos dedicados a ella.

Suma Paz en nuestra Biblioteca, junto Atilio Orsi

Entre sus discos, podemos mencionar La incomparable Suma Paz (1960); Guitarra, dímelo tú (1961); Lo mejor de Suma Paz (ca. 1970); Las hondas raíces de Suma Paz (ca. 1980) y Para el que mira sin ver (1982). Sus últimos registros fueron hechos para el sello independiente Melopea, de Litto Nebbia y en ellos, además de seguir transitando los diferentes ritmos de la llanura, incorporó canciones del uruguayo Alfredo Zitarrosa, por quien sentía también una profunda admiración.

En su poemario Última Guitarra (Ediciones Corregidor, 2001) escribió:

“Debo plegar mis alas. Pierdo cielo
Y me pesa su pulso dolorido.
Se achica el horizonte; apenas vuelo
A ras del territorio del olvido.

Era mi rumbo claro y encendido,
Alguna vez estrella y otras llama;
Más ya no sé en que autora lo he perdido
Cegada por el sol de la mañana.

El oro en la pupila deslumbrada,
Mensajera de luz desorientada
Ya sin llegar jamás, voy de regreso.

Y al tocar los umbrales de mi nido
En tierra del hogar he comprendido
Libre, por fin que mi destino es eso.”

Suma Paz, “Destino” (Última guitarra, Ediciones Corregidor, Página 37)

El caso del pianista y compositor Emilio de la Peña es atípico dentro de nuestra música. Llegó tarde al arte, porque siempre y para ganarse la vida, debió ejercer su profesión de ingeniero mecánico y tornero. Claro que Emilio tenía un piano en su taller y allí, entre trabajo y trabajo, despuntaba su vicio. Cuando a algunos clientes les pareció poco serio que un técnico se dedicara a la música, Emilio pasó el piano a otro cuarto de su casa de La Paternal y allí, escondidito, seguía recreando tangos. Finalmente se decidió a perfeccionarse estudiando composición y armonía con el gran Manolo Juárez quien, en definitiva, quien le dio el gran espaldarazo al recomendarlo a amigos locutores y periodistas, a comienzo de los 80, en una época en que todavía existían espacios libres en las emisoras capitalinas para mostrar cosas nuevas.

Emilio de la Peña fue pasando de radio en radio. En una de esas presentaciones, un mediodía de sábado y en un programa de Radio Municipal donde pianistas argentinos agasajaban con su música a su colega catalán Tete Montoliu (un formidable y personal pianista de jazz también fallecido) que visitaba el país, éste quedó impactado con sus interpretaciones, y lo invitó a viajar a España. Y así fue, Emilio de la Peña se encontró compartiendo escenarios ibéricos con el Tete y con otro gran pianista, el brasileño Gilson Peranzetta. Esas actuaciones le permitieron grabar, allá en España, su primer disco.

A su retorno al país siguió perseverando, presentándose en un lugar y en otro, y trabajando con poetas de la talla de Hamlet Lima Quintana, sin alcanzar nunca el reconocimiento que su arte merecía.

Emilio de la Peña fue finalmente reconocido cuando Gustavo Mozzi y Gustavo Santaolalla decidieron incluirlo (al lado de consagrados como Horacio Salgan, Ernesto Baffa, Atilio Stampone, Pepe Libertella, Carlos García, o Fernando Suárez Paz) en la conmovedora película Café de los maestros. Casi simultáneamente, fue reconocido como Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Las distinciones, merecidas por cierto, no dejaron de ser tardías.

¿Qué distingue a Emilio de la Peña? Conocedor de la tradición pianística en el tango, nunca ocultó su admiración por Horacio Salgan, de la misma manera que siempre expresó su pasión por Bill Evans. Emilio de la Peña no fue un vanguardista del piano, fue un re-armonizador -desde ese instumento- de los clásicos del tango. Con un respeto absoluto por un Cobián, un Demare, un Troilo o un Mores, ofrecía re-lecturas donde jugaba con las armonías de la obra, sin alejarse de las melodías. Así, las obras de esos creadores tenían siempre algo suyo, sin dejar de ser fieles al espíritu del compositor.

Con sus toscos dedos de tornero, Emilio de la Peña fue capaz de registrar algunos de los más bellos solos de piano de la música porteña. Es un legado para el futuro.

Eduardo Lagos, por último, fue una suerte de Astor Piazzolla folklórico. Ciertamente esto es un reduccionismo, pero sirve pero ejemplificar sobre su trayectoria para quienes la desconocen.

“Si por un instante considerásemos que un tímido estudiante de medicina, convertido en oftalmólogo, llamado Eduardo Lagos, escribió por ejemplo La Bacha en 1949, Zamba del que queda en 1955 o La Oncena un año después, incurriríamos en la mayor rebeldía generacional por no perdonarle los años que, además con grandes satisfacciones, lo tuvieron a Eduardo Lagos en su consultorio. ¿Qué hubiera escrito el Negro Lagos de dedicarse íntegramente a la música? Ella, cual novia celosa y demandante, quizás no se lo perdona nunca. Pero, como en todo amor, ella recordará de su encuentro con Lagos momentos sublimes. Allá por 1949, cuando algunas figuras del folklore tradicional aún daban sus primeros pasos, desde un piano más de esta metrópoli, Eduardo Lagos ya innovaba, ya buscaba nuevas sendas y abría, muy solitariamente, caminos que hasta nuestros días son continuados y que lo transforman directamente en un pionero.” (Guillo Espel, Aquel otro folklore, Edición de autor, páginas 43 y 44).

El pianista, arreglador, compositor, periodista y gestor de medios radiales Eduardo Lagos, nacido el 18 de febrero de 1930 en la ciudad de Buenos Aires, vivió esencialmente de su profesión de médico oftalmólogo, aunque se pasión siempre fue la música y los medios de comunicación. Alumno de Juan Carlos Paz, Lagos solía decir que su música tenía melodías rurales y armonías urbanas. No era un juego de palabras el suyo. Conocedor de las tradiciones rítmicas del país, se permitía recrearlas armónicamente con elementos que iban desde Ravel hasta el jazz. Una zamba, una chacarera, un gato, tocados por Lagos, nuncadejaban de sonar como tales, pero tenían algo distinto, algo propio. Pionero de lo que se llama proyección folklórica, estudió como pocos las raíces más ancestrales de nuestra música para desde allí, desde ese conocimiento, proyectarlas de otra manera. La línea expresiva de Lagos fue continuada por Waldo de los Ríos, Chango Farías Gómez, Manolo Juárez y Castiñeira de Dios, entre otros.

En 1968 Eduardo Lagos grabó su disco Así nos gusta (editado por el sello Trova en 1969) un hito antológico de la música argentina. Acompañado por Domingo Cura, Hugo Díaz, Dante Amicarelli, Jorge y Oscar López Ruiz, Mariano Tito, Moncho Mierez y Carlos Franzetti, mostró cuánto se podía hacer en la música folklórica argentina, sin desvirtuarla un ápice. Así nos gusta, a cuarenta años de su aparición, parece un trabajo grabado mañana.

Eduardo Lagos ejerció además la crítica musical en publicaciones como la revista Gente o el diario La Prensa, y cada uno de sus artículos, fue una cátedra de cómo escuchar música. Fue además Director Artístico de Radio El Mundo, Belgrano, Nacional y Municipal, caracterizando cada una de sus gestiones por una apertura a los nuevos valores de la música y la comunicación, equilibrando, de manera brillante, las necesidades comerciales de una radio con las exigencias artísticas que el se imponía.

Suma Paz… Emilio de la Peña… Eduardo Lagos. No hay recambio para ellos, demasiadas pérdidas para esta época flaca que vive la música popular argentina.

Guillermo Fuentes Rey

"Rincón musical", a cargo de Guillermo Fuentes Rey

La semana pasada inauguramos la sección "Crítica literaria", a cargo de Germán Cáceres. Ahora abrimos una nueva columna dedicada a la música, por el periodista, locutor y conductor radial Guillermo Fuentes Rey.

Cuando comenzó a escuchar radio con fruición, a fines de los '60, especialmente los programas de Radio Belgrano (Miguel Ángel Merellano, Hugo Guerrero Marthineitz, Raúl Calviño, Blackie, etc.), Guillermo Fuentes Rey supo que ese era su mundo. Se recibió de locutor y comenzó a trabajar en el servicio informativo de Radio Continental. En 1976 debutó como conductor y productor artístico con "Cuerpo y Alma del Jazz", en esa misma emisora.

En 1980, inició en la trasnoche de Radio Nacional "La Ventana", un programa dedicado a la cultura en general que continuó -con algunos cambios de horario- hasta 1989. Condujo también programas en Radio Municipal, Belgrano y del Plata, entre otras emisoras. Colaboró como crítico musical en varios medios gráficos, entre ellos la recordada revista "La Contumancia" y en la revista del Centro de Estudios Brasileños, "Brasil Cultura", para la que elaboró un dossier especial dedicado a la "Historia de la Bossa Nova".

Publicó -en coautoría con Diana Piazzolla y Roberto Chavero- el libro Astor/Atahualpa. Los caminos de la Identidad.

Fue Gerente Artístico de Radio Belgrano y, durante 9 años, Director General de la Comisión de Cultura de la Legislatura porteña. Actualmente es asesor de la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Los jueves, de 18 a 20, conduce y produce "La Buena Memoria", en FM Urquiza (91.7 mhz) para seguir "despuntando" su pasión radial. Además, dirige y conduce el ciclo "Tango YMCA Siglo XXI", el cuarto martes de cada mes, en la Asociación Cristiana de Jóvenes, Reconquista 439, con entrada libre y gratuita.

Fanático de Astor Piazzolla, Antonio Carlos Jobim, Eduardo Lagos, Daniel Ríolobos, Hugo Díaz, Susana Rinaldi, Joao Gilberto, Duke Ellington, George Gershwin, Bill Evans, Charlie Parker, Cuchi Leguizamón, Alfredo Zitarrosa y Roberto Goyeneche (entre muchos otros), Fuentes Rey se reconoce como "un vicioso de la música", un "adicto" en búsqueda permanente de grabaciones e intérpretes.

En la actualidad, tiene cerca de 10.000 discos, entre vinilos y CDs, y su mujer -confiesa- ya amenazó con echarlo de la casa si sigue ocupando habitaciones con grabaciones y libros.